domingo, 18 de enero de 2009

Juan de Dios Peza: Fusiles y muñecas

Hay quienes recuerdan su infancia con alegría, llena de bellos recuerdos, así como hay otros a quienes la vida les ha sido menos pródiga, como los niños de la calle y los niños abandonados en algún orfanatorio así como los que perdieron ambos padres a temprana edad. Para bien o para mal, la infancia es una etapa que muy pronto superamos en nuestra prisa por convertirnos en adultos, en nuestra prisa por ser autosuficientes e independientes. En cualquier caso, una vez que hemos dejado de ser niños, perdemos para siempre aquella inocencia de la cual el mismo Jesús les dijo a sus Apóstoles y a sus discípulos que todos aquellos ansiosos por entrar al Reino de los Cielos tenían que aprender a ser otra vez como niños, ya que aquellos incapaces de poder ser nuevamente como niños no entrarían en el Reino de los Cielos.

Un poeta mexicano que captó muy bien la diferencia entre el mágico mundo de la infancia y la cruel realidad del mundo de los adultos es Juan de Dios Peza, con su poema inmortal Fusiles y muñecas con el cual expresa quizá mejor que nadie su tristeza por la diferencia entre ambos mundos.








Fusiles y muñecas
Juan de Dios Peza


Juan y Margot, dos ángeles hermanos
que embellecen mi hogar con sus cariños,
se entretienen con juegos tan humanos
que parecen personas desde niños.

Mientras Juan, de tres años, es soldado
y monta en una caña endeble y hueca,
besa Margot con labios de granado
los labios de cartón de su muñeca.

Lucen los dos sus inocentes galas,
y alegres sueñan en tan dulces lazos,
él, que cruza sereno entre las balas;
ella, que arrulla un niño entre sus brazos.

Puesto al hombro el fusil de hoja de lata,
el quepis de papel sobre la frente,
alienta el niño en su inocencia grata
el orgullo viril de ser valiente.

Quizá piensa, en sus juegos infantiles
que en este mundo su afán recrea,
son como el suyo todos los fusiles
con que torpe la humanidad pelea.

Que pesan poco, que sin odios lucen,
que es igual el más débil al más fuerte,
y que, si se disparan, no producen
humo, fuego, consternación y muerte.

¡Oh, misteriosa condición humana!
Siempre lo opuesto buscas en la tierra;
ya delira Margot por ser anciana,
y Juan, que vive en paz, ama la guerra.

Mirándoles pasar me aflijo y callo:
¿Cuál será sobre el mundo su fortuna?
Sueña el niño con armas y caballo,
la niña con velar junto a la cuna.

El uno corre de entusiasmo ciego,
la niña arrulla a su muñeca inerme,
y mientras grita el uno: fuego, fuego,
la otra murmura triste: duerme, duerme.

A mi lado y ante juegos tan extraños,
Concha, la primogénita, me mira:
¡Es toda una persona de seis años
que charla, que comenta y que suspira!

¿Por qué inclina su lánguida cabeza
mientras deshoja inquieta algunas flores?
¿Será la que ha heredado mi tristeza?
¿Será la que comprende mis dolores?

Cuando me rindo del dolor al peso,
cuando la negra duda me avasalla,
se me cuelga al cuello, me da un beso,
se le saltan las lágrimas y calla.

Sueltas sus trenzas claras y sedosas,
y oprimiendo mi mano entre sus manos,
parece que medita muchas cosas
al mirar cómo juegan sus hermanos.

Margot, que canta en madre transformada,
y arrulla un niño que jamás se queja,
ni tiene que llorar desconsolada,
ni el niño crece, ni se vuelve vieja.

Y este guerrero audaz de tres abriles,
que ya se finge apuesto caballero,
no logra en sus campañas infantiles,
manchar con sangre y lágrimas su acero.

¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres!
Amo tus goces, gozo tus cariños;
¡Cómo han de ser los sueños de los hombres,
más dulces que los sueños de los niños!

¡Oh, mis hijos! No quiera la fortuna
turbar jamás vuestra inocente calma.
No dejéis esa espada ni esa cuna,
¡Cuándo son de verdad, matan el alma!

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