sábado, 31 de enero de 2009

Manuel Acuña: Nocturno a Rosario

De Manuel Acuña ya apunté en la entrada correspondiente al 15 de enero de 2009 de esta bitácora un poema suyo titulado “Ante un cadáver”. Aquí hablaré sobre el último poema que escribió en vida, el cual fue publicado póstumamente.

En otros tiempos en los que no existían ni los videojuegos ni Internet ni los teléfonos celulares ni los chats por computadora ni las cámaras digitales ni los reproductores mp3 e inclusive ni siquiera la televisión y el radio, en la época romántica del México romántico del ayer en la que los intelectuales y los bohemios tenían mucho más tiempo en su soledad para la reflexión y la meditación, no era inusual que algún enamorado llegara a cometer una locura por causa de un amor no correspondido, y uno de los casos más sonados es el de Manuel Acuña, el cual habiéndose enamorado perdidamente de una mujer que terminó casándose con otro hombre y dándose cuenta de que su ilusión de amor jamás sería correspondida, terminó quitándose su propia vida, más no sin antes dejar testimonio de su quebranto en uno de los poemas más famosos de la literatura hispana. Este suicidio tal vez no sea comprendido en toda su extensión en los tiempos de hoy en los que cuando un hombre se quita su vida a causa de una mujer lo hace porque la encuentra acostada con su mejor amigo o porque simplemente ya no la aguanta, aunque a decir verdad en los tiempos de hoy ya casi nadie está dispuesto a suicidarse por una mujer por la razón que sea.

Hoy sabemos el nombre completo de la mujer a quien Manuel Acuña le dedicó la última obra de su vida. Se llamaba Rosario de la Peña. Y hoy ella estaría totalmente olvidada, de no ser por el hombre que la inmortalizó para la posteridad con una fuerza más grande que todo el dinero del mundo: el poder de su pluma creadora.





Nocturno a Rosario
Manuel Acuña

I

¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.

II

Yo quiero que tu sepas
que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido
de tanto no dormir;
que ya se han muerto todas
las esperanzas mías,
que están mis noches negras,
tan negras y sombrías,
que ya no sé ni dónde
se alzaba el porvenir.

III

De noche, cuando pongo
mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero
mi espíritu volver,
camino mucho, mucho,
y al fin de la jornada
las formas de mi madre
se pierden en la nada
y tú de nuevo vuelves
en mi alma a aparecer.

IV

Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.

V

A veces pienso en darte
mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos
y hundirte en mi pasión
mas si es en vano todo
y el alma no te olvida,
¿Qué quieres tú que yo haga,
pedazo de mi vida?
¿Qué quieres tu que yo haga
con este corazón?

VI

Y luego que ya estaba
concluído tu santuario,
tu lámpara encendida,
tu velo en el altar;
el sol de la mañana
detrás del campanario,
chispeando las antorchas,
humeando el incensario,
y abierta alla a lo lejos
la puerta del hogar...

VII

¡Qué hermoso hubiera sido
vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!

VIII

¡Figúrate qué hermosas
las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje
por una tierra así!
Y yo soñaba en eso,
mi santa prometida;
y al delirar en ello
con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno
por tí, no mas por ti.

¡Bien sabe Dios que ese era
mi mas hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza,
mi dicha y mi placer;
bien sabe Dios que en nada
cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho
bajo el hogar risueño
que me envolvió en sus besos
cuando me vio nacer!

IX

Esa era mi esperanza...
mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo
que existe entre los dos,
¡Adiós por la vez última,
amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!

viernes, 30 de enero de 2009

Calderón de la Barca: La vida es sueño

La vida es sueño es una obra teatral de Pedro Calderón de la Barca, uno de los poetas españoles del bien llamado Siglo de Oro, en donde el tema central es la libertad frente al destino, y en donde el personaje principal es Segismundo, al que se le describe como un alma reprimida, muy reflexivo, alterado por una larga reclusión. A lo largo de la obra Segismundo va evolucionando: al principio busca la venganza, comportándose en forma cruel y despiadada, pero luego aparecen en él algunos rasgos de humanidad. En esta obra de teatro hay una joya que bien vale la pena la obra entera, es un poema en el cual Segismundo reflexiona sobre lo que es el tema principal de la obra, el cual aparece en la escena XIX correspondiente a la Tercera Jornada de la obra:





La vida es sueño
Pedro Calderón de la Barca

Es verdad, pues: reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe
y en cenizas le convierte
la muerte (¡desdicha fuerte!):
¡que hay quien intente reinar
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte!

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí,
destas prisiones cargado;
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.


La reflexión poética de que la vida es sueño sería tomada nuevamente en otro idioma por otro extraordinario poeta, Edgar Allan Poe, en sus versos titulados A Dream Within a Dream que significa “Un Sueño Dentro de un Sueño” que reproduzco a continuación en su idioma original con la finalidad de que no se destruya la hermosa rima construída por el gran maestro de la literatura inglesa:


A dream within a dream
Edgar Allan Poe

Take this kiss upon the brow!
And, in parting from you now,
Thus much let me avow-
You are not wrong, who deem
That my days have been a dream;
Yet if hope has flown away
In a night, or in a day,
In a vision, or in none,
Is it therefore the less gone?
All that we see or seem
Is but a dream within a dream.

I stand amid the roar
Of a surf-tormented shore,
And I hold within my hand
Grains of the golden sand-
How few! yet how they creep
Through my fingers to the deep,
While I weep- while I weep!
O God! can I not grasp
Them with a tighter clasp?
O God! can I not save
One from the pitiless wave?
Is all that we see or seem
But a dream within a dream?

jueves, 29 de enero de 2009

Amado Nervo: En paz

Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo, mejor conocido como Amado Nervo, nació en Tepic, Nayarit, el 27 de agosto de 1870, y su vida estuvo marcada por la tragedia. Su padre murió en 1879 cuando apenas tenía nueve años de edad, tras lo cual posteriormente se suicidó su hermano Luis, desapareciendo de su vida su gran amor Ana Cecilia en 1912. En 1894 fundó una revista de renovación artística, “Revista azul”, junto a Manuel Gutiérrez Nájera, y en 1896 apareció su primera obra, “El bachiller”, con rasgos naturalistas. En 1898 echó a andar la “Revista moderna”, en colaboración con Jesús Valenzuela, y el mismo año dió a conocer al mundo “Perlas negras” y “Místicas”, considerados poemas modernistas. Este último estilo se refuerza con el contacto con Rubén Darío y Leopoldo Lugones, con quienes inicia una estrecha vinculación, durante su viaje a París, realizado como corresponsal del diario “El Mundo”, a la Exposición Universal. En esa época publicó un libro de poesías: “El éxodo y las flores del camino” (1902), y allí conoció a quien sería la musa de los poemas contenidos en “La amada inmóvil”, publicados en 1922 luego de su muerte, Ana Cecilia Luisa Daillez. Ingresó en 1905 al mundo diplomático como Secretario de la Embajada de México en Madrid, suspendiéndose su carrera diplomática entre 1914 y 1918, a causa de la Revolución Mexicana, para retomarla en ese último año como Ministro Plenipotenciario en Argentina y Uruguay, cargo que ocupó hasta su muerte acaecida en Montevideo el 24 de mayo de 1919. Posteriormente, sus restos fueron trasladados a México en donde descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Su poema breve “En paz” es un agradecimiento a la vida pese a los golpes recibidos.





En paz
Amado Nervo

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

miércoles, 28 de enero de 2009

Ignacio Ramírez: Por los Gregorianos muertos

No todos los poetas son espiritualistas. Los hay algunos que son materialistas y ateos, y no por ello dejan de ser poetas extraordinarios. Entre ellos podemos citar a uno de los liberales más destacados de la época en la que se promulgaron las Leyes de Reforma, Ignacio Ramírez, conocido como “El Nigromante”. Y aunque la palabra “nigromancia” significa la adivinación mediante la consulta a los muertos y a sus espíritus o cadáveres, como una de las artes de la magia negra, que se dedica al estudio de la muerte que se centra sobre el control de los muertos, Ignacio Ramírez como el materialista ateo que era estaba completamente alejado de ser tal cosa como su apodo erróneamente lo indica. Uno de sus más célebres contemporáneos, Ignacio Manuel Altamirano nos lo describe como un hombre con temperamento altivo, orgulloso e irónico; con ideas materialistas a ultranza; su fervor por sus correligionarios caídos y su odio contra sus enemigos políticos; su desdeñosa superioridad intelectual; el prestigio y ascendiente de que disfrutaba en su medio, y el haberse enamorado —viudo, pobre y viejo— de una musa demasiado solicitada, todo este conjunto de circunstancias, favorables y desfavorables, que se manifiesta en la pluralidad de sus escritos. Lo más eximio de su producción es clásico, pero en esa contextura hace sonar la nota romántica. Se le retrata como un hombre presto a la efusión y a estampar en la letra sus sentimientos. Por eso, quizás, lo retraten con mayor nitidez los poemas breves en los que dejó sus alegrías y sus penas, sus esperanzas, sus amores. El poema, entonces, le sirvió como vehículo para desnudarse y confesarse, para entregarnos el reflejo de su propio drama. Uno de sus poemas más famosos es el que se titula “Por los Gregorianos muertos” dado en ocasión del banquete fraternal de la Sociedad Gregoriana en 1872, poema cuyas últimas estrofas encierran el pensamiento completo de Ignacio Ramírez.





Por los Gregorianos muertos
Ignacio Ramírez

Cesen las risas y comience el llanto.
Esta mesa en sepulcro se convierte.
¡Vivos y muertos, escuchad mi canto!

Mientras que vinos espumosos vierte
nuestra antigua amistad, en este día,
y con alegres brindis se divierte;

y en raudales se escapa la armonía;
y la insaciable gula se despierta;
y va de flor en flor la poesía;

y el júbilo de todos se concierta
en una sola exclamación: ¡gocemos!,
y gozamos... La muerte está a la puerta.

Rechazar unas sombras, ¿no las vemos?
¡Ellas nos tienden suplicantes manos!
Ese acento, esos rostros conocemos.

¿No los oís?, ¡se llaman gregorianos!
Permíteles entrar, ¡oh muerte adusta!
He aquí su asiento... Son nuestros hermanos.

Pudo del mundo la sentencia injusta
proscribirlos, mas no de mi memoria:
Conversar con los muertos no me asusta.

Algunos de ellos viven en la historia;
otros, en florecer ocultamente
cifraron su placer, su orgullo y gloria.

Villalba asoma su tranquila frente
y el fraternal abrazo me reclama...
Y yo no puedo declararlo ausente.

¡Ay! en Fonseca ved cómo se inflama
el paternal cariño, no olvidado,
y, por nosotros, lágrimas derrama.

¿Será de nuestro seno arrebatado
Domínguez, que constante nos traía
un fiel amor y un nombre venerado?

¿No guarda nuestro oído todavía
los brindis que en el último banquete
pronuncian Soto, Iglesias y García?

Pero ¿será la Parca quien respete
los votos del dolor? ¡Empeño vano!
¡Turba de espectros, a tus antros vete!

¡Separóse el hermano del hermano!
Para sentaros a la mesa es tarde,
¡para irnos con vosotros es temprano!

Para vosotros, ¡infelices!, no arde
ya un solo leño en el hogar; ni miro
cuál copa vuestros ósculos aguarde.

¡Sólo va tras vosotros un suspiro!
Idos en paz; y quiera la fortuna
no cerrar a la luz vuestro retiro.

Odio el sepulcro, convertido en cuna
de vil insecto o sierpe venenosa
donde jamás se asoman sol ni luna.

Arraigue en vuestros huesos una rosa
donde aspire perfumes el rocío
y reine la pintada mariposa.

Escuchad sin temor el rayo impío;
y sonreíd al contemplar cercano,
vida esparciendo, un caudaloso río.

¡Para irnos con vosotros es temprano!
Aguarde, por lo menos, la Impaciente
que la copa se escape de la mano.

Más que a vosotros ¡ay! rápidamente
¿por qué de la existencia nos desnuda?
A éste despoja la adornada frente;

al otro dobla con su mano ruda;
a unos envuelve en amarillo velo;
y algunos sienten una garra aguda

en las entrañas, y en las venas hielo.
¡Ay! otra vez vendrá la primavera
y hallará en nuestro hogar el llanto, el duelo;

y este festín veremos desde afuera.
Tal vez alguno a despedirse vino.
Turba de espectros, al que parte, espera.

¿Sabéis cuál es el puerto, del camino
que llevamos? La tumba. Ya naufraga
nuestra nave; en astillas cae el pino;

quién en las aguas moribundo vaga;
quién a la débil tabla se confía,
y el que a la jarcia se subió, no apaga

la luz de la esperanza todavía,
y conviertan sus golpes viento y olas,
y el cielo inexorable un rayo envía.

Sube el fuego a bajar las banderolas,
y el ave de rapiña, el triste caso,
y las fieras del mar lo saben solas.

¿Qué es nuestra vida sino tosco vaso
cuyo precio es el precio del deseo
que en él guardan natura y el acaso.

Si derramado por la edad le veo,
sólo en las manos de la sabia tierra
recibirá otra forma y otro empleo.

Cárcel es y no vida la que encierra
privaciones, lamentos y dolores.
Ido el placer, la muerte ¿a quién aterra?

Madre naturaleza, ya no hay flores
por do mi paso vacilante avanza.
Nací sin esperanza ni temores:
Vuelvo a ti sin temores ni esperanza.

martes, 27 de enero de 2009

Francisco Zamora: Yo pienso en tí

No hay nada que inspire más a un buen poeta que un amor imposible, como el amor que pueda sentir un hombre gordo y feo por una reina de belleza, como el afecto que sintió el jorobado Quasimodo por la gitana Esmeralda que se apiadó de él cuando estaba siendo azotado en la plaza pública, o como el amor que sintió el poeta renacentista Dante Alighieri por Beatriz a la cual como hombre de recursos modestos jamás podría aspirar por pertenecer ella a una clase acomodada pero a la cual inmortalizó en su obra La Divina Comedia. Resulta una de las grandes ironías de la vida que aquellas mujeres cuya belleza les ha quitado el sueño a muchos hombres y que terminaron uniéndose a otro que posiblemente las colmó de bienes materiales han quedado inmortalizadas para la posteridad después de muertas no por el que las cubrió de posesiones terrenales que no pudieron llevarse consigo sino por aquél admirador desconocido que nunca se atrevió a proclamarles en su cara su gran amor no sólo por el temor a ser rechazados sino por la certeza de que jamás serían correspondidos al ser la meta inalcanzable. Un ejemplo lo tenemos en el poeta nicaragüense Francisco Zamora, el cual se enamoró perdidamente de Flora Guzmán, la cual no sólo era una de las mujeres más hermosas de la sociedad nicaragüense, sino que por añadidura era también hija del Presidente de la República Don Fernando Guzmán, el cual como buen padre sólo quería lo mejor para su hija, razón por la cual Francisco Zamora no estaba entre sus planes. Hoy de Flora Guzmán ya no queda ni siquiera el cadaver putrefacto que alguna vez fue después de su muerte, no queda absolutamente nada de su belleza más que las anécdotas que se cuentan de ella. Nadie la recordaría ya de no ser por el siguiente poema dedicado a ella:





Yo pienso en tí
Francisco Zamora

Cuando inclina su faz en el ocaso,
pálido el sol que el horizonte dora,
también se agobia mi cabeza, Flora,
con inmensa pasión, y pienso en tí.

Cuando inclina su faz en el ocaso.
pálido el sol que el horizonte dora,
también se agobia mi cabeza Flora,
con inmensa pasión, y pienso en ti.

Y tu que eres la vida de mi alma,
Tu, ángel protector y mi consuelo,
mi esperanza, mi numen y mi cielo,
Flora mía, mi amor, ¿ piensas en mi?.........

Y tu la estrella que anhelante sigo,
El seno besa a la flor temprana
Y la huerfana tórtola se afana
Gimiendo por su amor.... yo pienso en ti

Única flor del yelmo desolado
de mi vida infeliz, paloma mía,
aurora de mi mas hermoso día,
Tu gimes como yo. ¿Piensas en mi?

Gutierre de Cetina: Ojos claros, serenos

Gutierre de Cetina es un poeta español de la época del Renacimiento y del Siglo de Oro, el cual se trasladó hasta México al principio de los tiempos de la Colonia en donde murió en 1557. A una hermosa dama que hoy es identificada como Laura Gonzaga le dedicó Gutierre de Cetina el siguiente madrigal que pese a su brevedad forma parte de casi todas las antologías de poesía en castellano:





Ojos claros, serenos
Gutierre de Cetina

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

lunes, 26 de enero de 2009

Gabriela Mistral: Besos





Una poetisa chilena de renombre es aquella conocida universalmente como Gabriela Mistral pero cuyo nombre verdadero era Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, de la cual quizá uno de los más bellos poemas de amor que se han escrito es el siguiente:


Besos
Gabriela Mistral

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.

Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.

Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.

Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.

Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.

Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

¿Te acuerdas del primero...? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenaron sé de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos... vibró un beso,
y qué viste después...? Sangre en mis labios.

Yo te enseñe a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.

domingo, 25 de enero de 2009

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo

Existe prosa que por su belleza y la forma en la cual fue escrita se asemeja a la poesía, un efecto que no es fácil de lograr. Uno de los mejores ejemplos de prosa poética que se pueden encontrar en el habla hispana es el libro “Platero y yo” escrito por el inigualable escritor español Juan Ramón Jiménez, el cual por su incomparable creatividad literaria mereció haber sido galardonado con el Premio Nóbel de Literatura.

“Platero y yo” es una fantasía andaluza en la que el mundo de los niños y de los humildes habitantes del pueblo de Moguer es descrito con tonos suaves y cálidos en una prosa sencilla y a la vez cuidada, narra la vida de un jovencito quien tiene por compañía a un burrito inseparable llamado Platero que ha sido su confidente y su amigo inseparable en su infancia. De alguna manera, con la fuerza seductora de su prosa poética, Juan Ramón Jiménez logra transportarnos a un mundo mágico en el cual podemos encontrar un refugio de las terribles realidades del mundo actual que nos rodea. Aunque el libro que consta de 138 capítulos breves no es extenso, he optado por incluír aquí solo unos cuantos capítulos relevantes del mismo. Espero haber seleccionado lo más representativo de la obra.





PLATERO Y YO
Juan Ramón Jiménez


I

Platero

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra... Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

— Tiene acero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.


III

Juegos del anochecer

Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos, por la obscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo....

Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes:

--Mi padre tiene un reloj de plata.

--Y el mío un caballo.

--Y el mío una escopeta.

Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria....

El corro, luego. Entre tanta negrura, una niña, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa:

Yo soy laaa viudiiitaa
Del Conde de Oré....

... ¡Sí, sí! ¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.

--Vamos, Platero....


IV

El eclipse

Nos metimos las manos en los bolsillos, sin querer, y la frente sintió el fino aleteo de la sombra fresca, igual que cuando se entra en un pinar espeso. Las gallinas se fueron recogiendo en su escalera amparada, una a una. Alrededor, el campo enlutó su verde, cual si el velo morado del altar mayor lo cobijase. Se vio, blanco, el mar lejano, y algunas estrellas lucieron, pálidas. ¡Cómo iban trocando blancura las azoteas! Los que estábamos en ellas nos gritábamos cosas de ingenio mejor o peor, pequeños y oscuros en aquel silencio reducido del eclipse.

Mirábamos el sol con todo: con los gemelos de teatro, con el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal ahumado; y desde todas partes: desde el mirador, desde la escalera del corral, desde la ventana del granero, desde la cancela del patio, por sus cristales granas y azules...

Al ocultarse el sol que, un momento antes, todo lo hacía dos, tres, cien veces más grande y mejor con sus complicaciones de luz y oro, todo, sin la transición larga del crepúsculo, lo dejaba solo y pobre, como si hubiera cambiado onzas primero y luego plata por cobre. Era el pueblo como un perro chico, mohoso y ya sin cambio. ¡Qué tristes y qué pequeñas las calles, las plazas, las torre, los caminos de los montes!

Platero parecía, allá en el corral, un burro menos verdadero, diferente y recortado; otro burro...


VI

La miga

Si tu vinieras, Platero, con los demás niños, a la miga, aprenderías el a, b, c y escribirías palotes. Sabrías tanto como el burro de las figuras de cera --el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento--, más que el médico y el cura de Palos, Platero.

Pero, aunque no tienes más de cuatro años, ¡eres tan grandote y tan poco fino! ¿En qué sillita te ibas a sentar tú, en qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te bastarían, en qué lugar del coro ibas a cantar, di, el Credo?

No. Doña Domitila --de hábito de Padre Jesús Nazareno, morado todo con el cordón amarillo, igual que Reyes, el besuguero--, te tendría, a lo mejor, dos horas de rodillas en un rincón del patio de los plátanos, o te daría con su larga caña seca en las manos, o se comería la carne de membrillo de tu merienda, o te pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan coloradas y tan calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador cuando va a llover...

No, Platero, no. Ven tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se reirán de tí como un niño torpón, ni te pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas doble que las tuyas.


XX

El loro

Estábamos jugando con Platero y con el loro, en el huerto de mi amigo, el médico francés, cuando una mujer joven, desordenada y ansiosa, llegó, cuesta abajo, hasta nosotros. Antes de llegar, avanzando el negro ver angustiado a mí, me había suplicado

-Zeñorito, ¿ejtá ahí eze médico?

Tras ella venían ya unos chiquillos astrosos, que, a cada instante, jadeando, miraban camino arriba; al fin, varios hombres que traían a otro, lívido y decaído. Era un cazador furtivo de esos que cazan venados en el coto de Doñana. La escopeta, una absurda escopeta vieja amarrada con tomiza, se le había reventado, y el cazador traía el tiro en un brazo.

Mi amigo se llegó, cariñoso, al herido; le levantó unos míseros trapos que le habían puesto, le lavó la sangre y le fue tocando huesos y músculos. De cuando en cuando me decía:

-Ce n'est rien...

Caía la tarde. De Huelva llegaba un olor a marisma, a brea, a pescado... Los naranjos redondeaban, sobre el Poniente rosa, sus apretados terciopelos de esmeralda. En una lila, lila y verde, el loro, verde y rojo, iba y venía, curioseándonos con sus ojitos redondos.Al pobre cazador se le llenaban de sol las lágrimas saltadas; a veces dejaba oír un ahogado grito.

Y el loro:

-Ce n'est rien...

Mi amigo ponía al herido algodones y vendas...

El pobre hombre:

-¡Aaay!

Y el loro, entre las lilas:

-Ce n'est rien... Ce n'est rien...


(Ce n'est rien es una expresión francesa que significa “no es nada”.)





XXV

La primavera

¡ Ay, qué relumbres y olores!

¡Ay, cómo ríen los prados!

¡ Ay, qué alboradas se oyen!

Romance Popular


En mi duermevela matinal, me malhumora una endiablada chillería de chiquillos. Por fin, sin poder dormir más, me echo, desesperado, de la cama. Entonces, al mirar el campo por la ventana abierta, me doy cuenta de que los que alborotan son los pájaros.

Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina riza, caprichosa, su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto; y, en el pino grande, los gorriones discuten desaforadamente.

¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes, entre las flores, por la casa - ya dentro, ya fuera- , en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.

Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.





XXVI

El aljibe

Míralo; está lleno de las últimas lluvias, Platero. No tiene eco, ni se ve, allá en su fondo, como cuando está bajo, el mirador con sol, joya policroma tras los cristales amarillos y azules de la montera.

Tú no has bajado nunca al aljibe, Platero. Yo sí; bajé cuando lo vaciaron, hace años. Mira; tiene una galería larga, y luego un cuarto pequeñito. Cuando entré en él, la vela que llevaba se me apagó y una salamandra se me puso en la mano. Dos fríos terribles se cruzaron en mi pecho cual dos espadas que se cruzaran como dos fémures bajo una calavera.... Todo el pueblo está socavado de aljibes y galerías, Platero. El aljibe más grande es el del patio del Salto del Lobo, plaza de la ciudadela antigua del Castillo. El mejor es éste de mi casa que, como ves, tiene el brocal esculpido en una pieza sola de mármol alabastrino. La galería de la iglesia va hasta la viña de los Puntales y allí se abre al campo, junto al río. La que sale del Hospital nadie se ha atrevido a seguirla del todo, porque no acaba nunca....

Recuerdo, cuando era niño, las noches largas de lluvia, en que me desvelaba el rumor sollozante del agua redonda que caía, de la azotea, en el aljibe. Luego, a la mañana, íbamos locos, a ver hasta dónde había llegado el agua. Cuando estaba hasta la boca, como está, ¡qué asombro, qué gritos, qué admiración!

... Bueno, Platero. Y ahora voy a darte un cubo de esta agua pura y fresquita, el mismo cubo que se bebía de una vez Villegas, el pobre Villegas que tenía el cuerpo achicharrado ya del coñac y del aguardiente....


XXX

El canario vuela

Un día, el canario verde, no sé cómo ni por qué, voló de su jaula. Era un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que yo no había dado libertad por miedo de que se muriera de hambre o de frío, o de que se lo comieran los gatos.

Anduvo toda la mañana entre los granados del huerto, en el pino de la puerta, por las lilas. Los niños estuvieron, toda la mañana también, sentados en la galería, absortos en los breves vuelos del pajarillo amarillento. Libre, Platero, holgaba junto a los rosales, jugando con una mariposa.

A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y allí se quedó largo tiempo, latiendo en el suave sol que declinaba. De pronto, y sin saber nadie cómo ni por qué, apareció en la jaula, otra vez alegre.

¡Qué alborozo en el jardín! Los niños saltaban, tocando las palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los seguía, ladrándole a su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, igual que un chivillo, hacía corvetas, giraba sobre sus patas, en un vals tosco, y poniéndose en las manos, daba coces al aire claro y tibio....





LI

Lord

No sé si tú, Platero, sabrás ver una fotografía. Yo se las he enseñado a algunos hombres del campo y no veían nada en ella. Pues éste es Lord, Platero, el perrillo fox terrier de que a veces te he hablado. Míralo. Está ¿ lo ves? en un cojín de los del patio de mármol, tomando, entre las macetas de geranios, el sol de invierno.

¡Pobre Lord! Vino de Sevilla cuando yo estaba allí pintando. Era blanco, casi incoloro de tanta luz, pleno como un muslo de dama, redondo e impetuoso como el agua en la boca de la caño. Aquí y allá, mariposas posadas, unos toques negros. Sus ojos brillantes eran dos breves inmensidades de sentimientos de nobleza. Tenían vena de loco. A veces, sin razón, se ponía a dar vueltas vertiginosas entre las azucenas del patio de mármol, que en mayo lo adornan todo, hojas, azules, amarillas de los cristales traspasados del sol de la montera, como los palomos que pinta don Camilo... Otras se subía a los tejados y promovía un alboroto piador en los nidos de los aviones... La Macaria lo enjabonaba cada mañana y estaba tan radiante siempre como las almenas de la azotea sobre el cielo azul, Platero.

Cuando se murió mi padre, pasó toda la noche velándolo junto a la caja. Una vez que mi madre se puso mala, se echó a los pies de su cama y allí se pasó un mes sin comer ni beber... Vinieron a decir un día mi casa que un perro rabioso lo había mordido... Hubo que llevarlo a la bodega del Castillo y atarlo allí al naranjo, fuera de la gente.

La mirada que dejó atrás por la callejilla cuando se lo llevaban sigue agujereando mi corazón como entonces, Platero, igual que la luz de una estrella muerta, viva siempre, sobre pasando su nada con la exaltada intensidad de su doloroso sentimiento... Cada vez que un sufrimiento material me punza el corazón, surge ante mí, larga como la vereda de la vida a la eternidad, digo, del arroyo al pino de la Corona, la mirada que Lord dejó en él para siempre cual una huella macerada.


LXXIX

Alegría

Platero juega con Diana, la bella perra blanca que se parece a la luna creciente, con la vieja cabra gris, con los niños....

Salta Diana, ágil y elegante, delante del burro sonando su leve campanilla, y hace como que le muerde los hocicos. Y Platero, poniendo las orejas en punta, cual dos cuernos de pita, la embiste blandamente y la hace rodar sobre la hierba en flor.

La cabra va al lado de Platero, rozándose a sus patas, tirando con los dientes de la punta de las espadañas de la carga. Con una clavellina o con una margarita en la boca, se pone frente a él, le topa en el testuz, y brinca luego, y bala alegremente, mimosa igual que una mujer....

Entre los niños, Platero es de juguete. ¡Con qué paciencia sufre sus locuras! ¡Cómo va despacito, deteniéndose, haciéndose el tonto, para que ellos no se caigan! ¡Cómo los asusta, iniciando, de pronto, un trote falso!

¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro de octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladridos y de campanillas....





LXXXI

La niña chica

La niña chica era la gloria de Platero. En cuanto la veía venir hacia él, entre las lilas, con su vestidillo blanco y su sombrero de arroz, llamándolo, mimosa:--Platero, Platerillo!--el asnucho quería partir la cuerda, y saltaba, igual que un niño, y rebuznaba loco.

Ella, en una confianza ciega, pasaba una vez y otra bajo él, y le pegaba pataditas, y le dejaba la mano, nardo cándido, en aquella bocaza rosa, almenada de grandes dientes amarillos; o, cogiéndole las orejas, que él ponía a su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su nombre: ¡Platero! ¡Platerón! ¡Platerillo! ¡Platerete!

En los largos días en que la niña navegó en su cuna alba, río abajo, hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo llamaba, triste: ¡Platerillo...! Desde la casa obscura y llena de suspiros, se oía, a veces, la lejana llamada lastimera del amigo.... ¡Oh, estío melancólico!

¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Septiembre, rosa y oro, declinaba. Desde el cementerio ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!... Volví por las tapias, solo y mustio, entré en la casa por la puerta del corral, y, huyendo de los hombres, me fuí a la cuadra y me senté a llorar con Platero.


LXXXIII

El canario se muere

Mira, Platero; el canario de los niños ha amanecido hoy muerto en su jaula de plata. Es verdad que el pobre estaba ya muy viejo.... El invierno, tú te acuerdas bien, lo pasó silencioso, con la cabeza escondida en el plumón. Y al entrar esta primavera, cuando el sol hacía jardín la estancia abierta y abrían las mejores rosas del patio, él quiso también engalanar la vida nueva, y cantó; pero su voz era quebradiza y asmática, como la voz de una flauta cascada.

El mayor de los niños, que lo cuidaba, viéndolo yerto en el fondo de la jaula, se ha apresurado, lloroso, a decir:

--¡Pues no le ha faltado nada; ni comida, ni agua!

No. No le ha faltado nada, Platero. Se ha muerto porque sí--diría Campoamor, otro canario viejo...

Platero, ¿habrá un paraíso de los pájaros? ¿Habrá un vergel verde sobre el cielo azul, todo en flor de rosales áureos, con almas de pájaros blancos, rosas, celestes, amarillos?

Oye; a la noche, los niños, tú y yo bajaremos el pájaro muerto al jardín. La luna está ahora llena, y a su pálida plata, el pobre cantor, en la mano cándida de Blanca, parecerá el pétalo mustio de un lirio amarillento. Y lo enterraremos debajo del rosal grande.

A la primavera, Platero, hemos de ver al pájaro salir del corazón de una rosa blanca. El aire fragante se pondrá canoro, y habrá por el sol de abril un errar encantado de alas invisibles y un reguero secreto de trinos claros de oro puro.





CXIV

El alba

En las lentas madrugadas de invierno, cuando los gallos alertos ven las primeras rosas del alba y las saludan galantes, Platero, harto de dormir, rebuzna largamente. ¡Cuán dulce su lejano despertar, en la luz celeste que entra por las rendijas de la alcoba! Yo, deseoso también del día, pienso en el sol desde mi lecho mullido.

Y pienso en lo que habría sido del pobre Platero, si en vez de caer en mis manos de poeta hubiese caído en las de uno de esos carboneros que van, todavía de noche, por la dura escarcha de los caminos solitarios, a robar los pinos de los montes, o en las de uno de esos gitanos astrosos que pintan los burros y les dan arsénico y les ponen alfileres en las orejas para que no se les caigan.

Platero rebuzna de nuevo. ¿Sabrá que pienso en él? ¿Qué me importa? En la ternura del amanecer, su recuerdo me es grato como el alba. Y, gracias a Dios, él tiene una cuadra tibia y blanda como una cuna, amable como mi pensamiento.


CXI

Navidad

¡La candela en el campo...! Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de poniente... De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé dónde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

_____...Camina, María
_____camina, José...


Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.





CXXII

Los Reyes Magos

¡Qué ilusión, esta noche, la de los niños, Platero! No era posible acostarlos. Al fin, el sueño los fué rindiendo, a uno en una butaca, a otro en el suelo, al arrimo de la chimenea, a Blanca en una silla baja, a Pepe en el poyo de la ventana, la cabeza sobre los clavos de la puerta, no fueran a pasar los Reyes.... Y ahora, en el fondo de esta afuera de la vida, se siente como un gran corazón pleno y sano, el sueño de todos, vivo y mágico.

Antes de la cena, subí con todos. ¡Qué alboroto por la escalera, tan medrosa para ellos otras noches!--A mí no me da miedo de la montera, Pepe, ¿y a tí?,--decía Blanca, cogida muy fuerte de mi mano.--Y pusimos en el balcón, entre las cidras, los zapatos de todos. Ahora, Platero, vamos a vestirnos Montemayor, tita, María-Teresa, Lolilla, Perico, tú y yo, con sábanas y colchas y sombreros antiguos. Y a las doce, pasaremos ante la ventana de los niños en cortejo de disfraces y de luces, tocando almireces, trompetas y el caracol que está en el último cuarto. Tú irás delante conmigo, que seré Gaspar y llevaré unas barbas blancas de estopa, y llevarás, como un delantal, la bandera de Colombia, que he traído de casa de mi tío, el cónsul.... Los niños, despertados de pronto, con el sueño colgado aún, en jirones, de los ojos asombrados, se asomarán en camisa a los cristales, temblorosos y maravillados. Después, seguiremos en su sueño toda la madrugada, y mañana, cuando ya tarde los deslumbre el cielo azul por los postigos, subirán, a medio vestir, al balcón y serán dueños de todo el tesoro.

El año pasado nos reímos mucho. ¡Ya verás cómo nos vamos a divertir esta noche, Platero, camellito mío!





CXXVI

Carnaval

¡Qué guapo está hoy Platero! Es lunes de carnaval, y los niños, que se han vestido de máscara, le han puesto el aparejo moruno, todo bordado, en rojo, azul, blanco y amarillo, de cargados arabescos.

Agua, sol y frío. Los redondos papelillos de colores van rodando paralelamente por la acera, al viento agudo de la tarde, y las máscaras, ateridas, hacen bolsillos de cualquier cosa para las manos azules.

Cuando hemos, llegado a la plaza, unas mujeres vestidas de locas, con largas camisas blancas, coronados los negros y sueltos cabellos con guirnaldas de hojas verdes, han cogido a Platero en medio de su corro bullanguero, y, unidas por las manos, han girado alegremente en torno de él.

Platero, indeciso, yergue las orejas, alza la cabeza, y, como un alacrán cercado por el fuego, intenta, nervioso, huír por doquiera. Pero, como es tan pequeño, las locas no le temen y siguen girando, cantando y riendo a su alrededor. Los chiquillos, viéndole cautivo, rebuznan para que él rebuzne. Toda la plaza es ya un concierto altivo de metal amarillo, de rebuznos, de risas, de coplas, de panderetas y de almireces....

Por fin, Platero, decidido, igual que un hombre, rompe el corro y se viene a mí trotando y llorando, caído el lujoso aparejo. Como yo, no quiere nada con el carnaval.... No servimos para estas cosas....


CXXXII

La muerte

Encontré a Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes. Fuí a él, lo acaricié, hablándole, y quise que se levantara...

El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arrodillada.... No podía.... Entonces le tendí su mano en el suelo, lo acaricié de nuevo con ternura, y mandé venir a su médico. El viejo Darbón, así que lo hubo visto, sumió la enorme boca desdentada hasta la nuca y meció sobre el pecho la cabeza congestionada, igual que un péndulo.

--Nada bueno, ¿eh?

No sé qué contestó.... Que el infeliz se iba.... Nada.... Que un dolor.... Que no sé qué raíz mala.... La tierra, entre la hierba....

A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apolillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza....

Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores....


CXXXIII

Nostalgia

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

¿Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la noria del huerto; cuál vuelan, en la luz última, las afanosas abejas en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún enciende la colina?

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

¿Verdad que ves pasar por la cuesta roja de la Fuente vieja los borriquillos de las lavanderas, cansados, cojos, tristes en la inmensa pureza que une tierra y cielo en un solo cristal de esplendor?

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

¿Verdad que ves a los niños corriendo arrebatados entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

Platero, ¿verdad que tú nos ves? Sí, tú me ves. Y yo creo oír, sí, sí, yo oigo en el poniente despejado, endulzando todo el valle de las viñas, tu tierno rebuzno lastimero....


CXXXV

Melancolía

Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.

Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.

Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.

--¡Platero amigo!--le dije yo a la tierra;--si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás quizá olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?

Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio....


CXXXVIII

A Platero, en su tierra

Un momento, Platero, vengo a estar con tu muerte. No he vivido. Nada ha pasado. Estás vivo y yo contigo... Vengo solo. Ya los niños y las niñas son hombres y mujeres. La ruina acabó su obra sobre nosotros tres —ya tú sabes—, y sobre su desierto estamos de pie, dueños de la mejor riqueza: la de nuestro corazón.

¡Mi corazón! Ojalá el corazón les bastara a ellos dos como a mí me basta. Ojalá pensaran del mismo modo que yo pienso. Pero, no; mejor será que no piensen... Así no tendrán en su memoria la tristeza de mis maldades, de mis cinismos, de mis impertinencias.

¡Con qué alegría, qué bien te digo a ti estas cosas que nadie más que tú ha de saber!... Ordenaré mis actos para que el presente sea toda la vida y les parezca el recuerdo; para que el sereno porvenir les deje el pasado del tamaño de una violeta y de su color, tranquilo en la sombra, y de su olor suave.

Tú, Platero, estás solo en el pasado. Pero ¿qué más te da el pasado a ti que vives en lo eterno, que, como yo aquí, tienes en tu mano, grana como el corazón de Dios perenne, el sol de cada aurora?

Moguer, 1916





Para quienes se hayan quedado con las ganas de leer los capítulos restantes que no he incluído aquí, el texto completo de “Platero y yo” se puede encontrar en el siguiente enlace de Wikisource:

http://es.wikisource.org/wiki/Categor%C3%ADa:Platero_y_yo

sábado, 24 de enero de 2009

Sor Juana Inés de la Cruz: tres poemas

La poetisa más conocida de México tanto en el interior como en el exterior, sin demérito de otras poetisas magníficas que se han dado en el país, es Juana Inés Asbaje, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz tras haber tomado los hábitos monásticos, habiendo una universidad en México que lleva su nombre y cuya figura ha sido esencial en billetes de alta denominación.

Puesto que Juana Ines Asbaje era una joven muy atractiva que terminó recluyéndose en un monasterio:





en donde se distinguió más por sus haceres en el terreno intelectual que en el terreno religioso, es muy posible que ella haya buscado refugio en el convento no por una inclinación natural hacia a la vida monástica sino por un mal de amores exacerbado por el romanticismo propio de los mejores poetas, y algunos de sus versos sugieren la posibilidad de que en efecto esto fue así. El primer poema que reproduzco aquí nos parece dejar muy pocas dudas sobre la hipotesis de que el convento fue para Juana Inés Asbaje más un refugio para una pena amorosa que un acto de verdadera vocación religiosa:


Detente sombra
Sor Juana Ines de la Cruz


Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.


Otro poema que sugiere en Sor Juana Inés de la Cruz una enorme decepción y desilusión con los hombres es el siguiente en el que destaca la ambivalencia del hombre que igual desprecia a una mujer que no ha sucumbido a sus requerimientos amorosos que a la misma mujer después de que ha caído víctima de sus encantos seductores, poema que también es de sobra conocido:


Hombres necios que acusáis
Sor Juana Inés de la Cruz


Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si la incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.


Sor Juana Inés de la Cruz no sólo compuso poemas como el anterior relacionados con la cosa sentimental. También compuso con enorme dominio de las palabras disponibles en el castellano poemas como el siguiente que le dedica a una rosa:


Rosa divina que en gentil cultura
eres, con tu fragante sutileza,
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura;

amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo sér unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura:

¡cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida

de tu caduco ser das mustias señas,
con que con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas.

viernes, 23 de enero de 2009

Jaime Sabines: No es que muera de amor...

Aunque menos conocido, Jaime Sabines es un poeta que inmortalizó a su musa en una composición que en nuestros tiempos sigue siendo una de las favoritas entre los pocos jóvenes de corazón que aún quedan que padecen esa deficiencia que en nuestra era tecnológica llamamos romanticismo:


No es que muera de amor...
Jaime Sabines

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro
acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo, dichosa, penetrada,
y cierto , interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte ,amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

jueves, 22 de enero de 2009

Jorge Luis Borges: Poema del recuerdo

Todos nosotros tenemos recuerdos, tanto buenos como malos. Lo que recordamos es lo que nos hace lo que hoy somos, son nuestra memoria. Sin ellos, seríamos como un libro en blanco, como un vaso vacío, como un recién nacido cuyo lento aprendizaje apenas empieza. Hay cosas que anhelamos recordar, y hay otras cosas que quisiéramos olvidar. Si hay vida en el más allá, nuestros recuerdos son lo único que nos llevaríamos con nosotros, porque son nuestra experiencia y nuestras obras por las cuales tenemos que rendir cuentas de nuestros actos. Sin nuestros recuerdos, no nos sería posible repasar lo que hicimos con nuestras vidas desde el comienzo hasta el final de la jornada. Los recuerdos nos pueden llenar de alegría o de tristeza, y en ocasiones pueden ser nuestra fortaleza para seguir adelante o para ponernos a meditar. Un poema melancólico tejido alrededor de un recuerdo nos viene de uno de los más famosos poetas, Jorge Luis Borges:





Poema de un recuerdo
Jorge Luis Borges

Dime por favor donde no estás
en qué lugar puedo no ser tu ausencia
dónde puedo vivir sin recordarte,
y dónde recordar, sin que me duela.

Dime por favor en que vacío,
no está tu sombra llenando los centros;
dónde mi soledad es ella misma,
y no el sentir que tú te encuentras lejos.

Dime por favor por qué camino,
podré yo caminar, sin ser tu huella;
dónde podré correr no por buscarte,
y dónde descanzar de mi tristeza.

Dime por favor cuál es la noche,
que no tiene el color de tu mirada;
cuál es el sol, que tiene luz tan solo,
y no la sensación de que me llamas.

Dime por favor donde hay un mar,
que no susurre a mis oídos tus palabras.

Dime por favor en qué rincón,
nadie podrá ver mi tristeza;
dime cuál es el hueco de mi almohada,
que no tiene apoyada tu cabeza.

Dime por favor cuál es la noche,
en que vendrás, para velar tu sueño;
que no puedo vivir, porque te extraño;
y que no puedo morir, porque te quiero.

miércoles, 21 de enero de 2009

José Martí: Un poema breve

Uno de los mas reconocidos poetas cubanos debe serlo sin duda alguna José Martí, el cual además de ser héroe independentista de Cuba tenía una facilidad como pocos para plasmar su alma en sus poemas, siendo considerado como uno de los iniciadores del movimiento modernista hispanoamericano. Se embarcó rumbo a Cuba junto a los Generales Máximo Gómez y Antonio Macero para luchar por la independencia de Cuba de España, desembarcando en la isla en 1895, muriendo poco tiempo después a manos de las fuerzas españolas, y serían eventualmente los norteamericanos con una fuerza de caballería conocida como los Rough Riders bajo el mando de Teddy Roosevelt los que eventualmente pondrían fin al dominio español y con ello al último vestigio de lo que una vez fue uno de los más poderosos y extendidos imperios en la historia de la humanidad. Uno de sus poemas más conocidos es el que se titula “Cultivo una rosa blanca”, el cual es uno de los más breves que hay en la lengua hispana ya que consta de tan sólo ocho renglones. El poema se basa en una metáfora que requiere cierta agudeza en su detección que debe tomar en cuenta que las rosas no se dan en enero por ser temporada invernal, y al decir “Cultivo una rosa blanca, en junio como enero, para el amigo sincero, que me da su mano franca”, José Martí nos está dando a entender que está dispuesto a ofrecer su amistad en cualquier época a quien lo procure como amigo.





Cultivo una rosa blanca
José Martí

Cultivo una rosa blanca
en junio como enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca.

martes, 20 de enero de 2009

Poesía erótica: dos ejemplos





También la poesía puede ser campo fértil para el desarrollo de una creatividad que estimule la imaginación erótica. Esto desde luego no significa que tengamos que caer en lo vulgar, en lo pornográfico, aunque no faltan quienes abusan de la rima para cocinar versos obscenos como con cierta frecuencia suelen hacerlos los estudiantes de las escuelas con el fin de divertirse un rato provocando alguna hilaridad o con el fin de hacer mofa de algún maestro o de algún compañero que nos cae mal.

Lo que llamamos poesía erótica clásica, tan censurada en otros tiempos, en realidad hoy ya no asusta a nadie, ni siquiera a los niños de primaria, en estos tiempos en los que a todas horas del día aparecen anuncios en la televisión promoviendo condones en la lucha contra el SIDA, toallas femeninas higiénicas, medicamentos para la disfunción eréctil y estimulantes para aumentar la potencia sexual de los enamorados. Precisamente ante lo explícito adquiere mayor belleza lo que recurre al uso intenso de metáforas y simbolismos dando a entender lo que la imaginación tiene que suplir, del mismo modo que una mujer vestida provocativamente con lencería francesa sin mostrar lo más privado puede ser más excitante que una mujer que se nos presenta de buenas a primeras completamente desnuda.

La poesía erótica en cualquier época puede ser bella sin dar detalles. Un ejemplo de dicha poesía lo tenemos en la siguiente composición del gran maestro de la literatura española Federico García Lorca dedicado en 1928 a Lydia Cabrera y su “negrita”:


La casada infiel
Federico García Lorca

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río

*

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.


Otro ejemplo de poesía erótica de buen gusto lo tenemos en Clementina del Castillo, el cual no es un nombre verdadero sino un seudónimo bajo el cual se ocultó la mente creadora que temerosa de los criticismos moralistas de su época no se atrevió a darse a conocer en su verdadera faceta creadora.


Las sensaciones
Clementina del Castillo

Una tarde, Leonor, cuando salía
Alegre al campo en elegante coche,
Te ofrecí que muy pronto te escribiría
La dulce escena de una hermosa noche;

Aquella en que mi unión prometía
Abrir de la inocencia el frágil broche,
Y aunque tímida a un tiempo y placentera,
Gocé de amor la sensación primera.

Mas ¿de qué modo repetirse puede,
Todo el placer de la amorosa senda
Que una virgen recorre si le cede
Amor ardiente a su divina ofrenda?

En el camino, que a su bien precede
Unida al fin de su adorada prenda
Podría sólo imaginar su gloria
Siendo heroína de la misma historia.

Haré, con todo, un decidido empeño
Porque comprendas bien, aunque te asombre,
El secreto que encierra nuestro sueño
Y hace más vivo el amor al hombre.

La virgen muy querida, cuyo dueño
Se embriaga ardiente con un grato nombre,
Sabrá al fin el amoroso fuego,
Cuando le llegue el turno de su anhelo.

El acto del enlace ya terminado había,
El coche nos aguarda a un paso del dintel,
Salimos pues al campo, al declinar el día,
Para gozar la luna de amor, luna de miel.

El sol tiende en la esfera su espléndido paisaje
El imprime en las mejillas su mágico color,
Mi esposo, en los frecuentes vaivenes del carruaje,
Buscaba libertades a su intranquilo amor.

Y en tanto yo trémula mirábale asustada,
Hasta que al fin, taimado, mi susto comprendió,
Y estando ya seguro de presa tan ansiada,
El resto del camino tranquila me dejó.

La quinta puesta estaba con gala y elegancia,
Hermosos emparrados instaban al placer,
Magníficos manjares tan llenos de fragancia,
Que fuera gran pecado sentarse y no comer.

Allí nos aguardaba tan agradable fiesta,
Que absortos los sentidos, la mente en estupor,
Vagaban como el viento, perdidos en la floresta,
Los apetitos todos, unidos al de amor.

El celebró el champagne como una gran delicia,
Un vino que enardece la mente, el corazón,
Muy digno de ofrecerlo como vestal primicia
De amor a la primera y ardiente sensación.

Así, querida amiga, así pasó la tarde,
Y ya la lenta noche se mira al fin llegar,
Más cuando el sol se oculta, el animo cobarde
No se sabe si padece, o goza en aguardar.

El gas la tibia estancia calienta o ilumina,
Se acerca ese momento que tanto aguardas ya,
Espera, voy alzarte la diáfana cortina,
La escena allí a tus ojos de amor se ofrecerá.

Contempla los detalles del cuadro voluptuoso
Que llena a las muchachas de gozo y de temor,
Y que al varón ardiente, audaz e impetuoso,
Al pie de una doncella sujeta con amor.

¿Recuerdas cuántas veces hablamos en secreto
De esos momentos dulces de amor y de placer,
Cuando en amantes brazos del adorado objeto
Se entrega a los delirios de amor una mujer?

Pues ya llegó; lo siento por el tenaz latido
Del corazón que quiere la vestidura abrir,
Sí, ya llegó el instante; vagando mis sentidos
No saben si es delirio, si es gozo o es sufrir.

Edgardo lo comprende y con cariño y calma
Me dice: esposa mía, ¿ya estás sufriendo a fe?
Ve a dormir tranquila, ¡oh alma de mi alma!
Que al lado de tu lecho tu sueño velaré.

Yo comprendí al momento su disfrazada idea:
Del suelo la mirada a alzar no me atreví;
Y trémula, anhelante, cual de un delito rea,
Al lecho blanco y puro mis pasos dirigí.

Apenas despojada de mi vestido estuve
Y cuando en la almohada mi frente recliné,
Como la luz se mira cubierta de una nube,
Su sombra en las cortinas al punto divisé.

Si susto fue o contento, lo que sentí yo ignoro,
Pues rápido al instante de la impresión voló,
Como yo también desnudo el dulce bien que adoro,
Veloz al blanco lecho sin vacilar saltó.

Halléme por encanto ceñida entre sus brazos:
Desvanecióse al punto aquel temor pueril,
Pues dióme tales besos, tan pérfidos abrazos,
Que ardió en el acto mismo mi sangre juvenil.

Su cálido contacto, con lánguido embeleso,
Rindió en mi pecho el germen de núbil impresión,
Y al recibir ardiente su prolongado beso,
El más perfecto goce me dio la sensación.

Audaz su mano puso so mi turgente seno,
Y allí despierta un mundo de adormecido amor,
Recorre todo el cuerpo y fluye su veneno,
La sangre arrebatando con desusado ardor.

Y luego el tacto oprime lo que a decir no llego.
Pero que tu belleza... talvez sospecharía,
Con lágrimas suplico, por compasión le ruego:
Pero él mis labios sella y sigue más y más.

Con queda voz me dice, que el Universo fuera,
Ha tiempo un vasto caos, sin tan sabrosa unión,
Que nuestros mismos padres, cuya virtud austera
Nos sirve de modelo, orgullo y religión,

Fueron en su tiempo lo mismo, y a no serlo
No habría yo nacido, ni habría nacido él,
Y que ese mismo día, amarlo, obedecerlo,
Ante la faz del mundo le hube jurado fiel.

Que en fin, era un pecado la tímida reserva
Que resistir al fuego, era inflamarlo más,
Que la distancia nunca la sensación enerva,
Y enciende el apetito del amador audaz.

Rendíme a sus palabras con celosa resistencia,
Cariño por cariño ardiente retorné,
La llama del deseo recrece con violencia,
Y de su fuego intentoso también participé.

Como un guerrero al punto, sobre su presa avanza,
La roja frente alzando sin más vacilación,
Y hundir quiere, afanoso, su poderosa lanza,
Al caluroso esfuerzo de rápida fricción,

Por sepultarla pronto, frenético se apura,
Mas cuán maravillosa, amiga, esa arma es,
Es más de lo que en sueños la niña se figura,
De irresistible empuje, de indómita altivez.

Cuando yo vi su forma, cuando sentí su brío,
Temblé como azorada, lloré, no pude más,
De angustias sollozando le dije, Edgardo mío,
¡Ah!, por piedad no sigas, ve que a matarme vas...

Inútil fue mi ruego, inútil mi agonía,
La lucha comenzada, sin escuchar siguió,
Y el instrumento fuerte, por la pequeña vía,
Ni un punto del camino buscado se apartó.

Temí morir herida por arma tan gigante,
Pero natura pródiga la virgen al formar,
Le ha dado blandas fibras que abren al instante,
Y dejan aquel monstruo tranquilo penetrar.

Así, Leonor querida, pude entender al punto
Que la mujer y el hombre, son uno, no son dos,
Y que esa unión estrecha, ese feliz conjunto,
Creóle en el Olimpo de Venus el amor.

En dicha tan cumplida parece el tiempo estrecho,
Quisiera siempre viva sentirla en mi interior,
Los brazos enlazados, el pecho sobre el pecho,
El labio sobre el labio, ¡oh delirante amor!




lunes, 19 de enero de 2009

Ramón López Velarde: Suave Patria

Ramón López Velarde es un poeta originario de Jerez, Zacatecas. Su obra marca el momento de transición entre el modernismo y la vanguardia. La eclosión de los ismos en el ámbito hispánico se anuncia ya en su novedoso tratamiento del lenguaje poético y, al mismo tiempo, la dualidad que preside su obra (el contraste entre las tradiciones del campo y la turbulencia de la ciudad, y su propio forcejeo angustiado entre las inclinaciones ascéticas y sensualidad pagana) tiene un claro carácter romántico modernista. “Suave patria” es una de sus más grandes creaciones, su poema más famoso, exaltado como expresión suprema de la nueva mexicanidad nacida de la Revolución, en el cual López Velarde le escribe al México que le tocó vivir, y el cual le valió ser considerado como el poeta nacional de México justo antes de su muerte en 1921 acabando de cumplir los 33 años.




SUAVE PATRIA
Ramón López Velarde

Proemio

Yo que sólo canté de la exquisita
partitura del íntimo decoro,
alzo hoy la voz a la mitad del foro
a la manera del tenor que imita
la gutural modulación del bajo
para cortar a la epopeya un gajo.

Navegaré por las olas civiles
con remos que no pesan, porque van
como los brazos del correo chuan
que remaba la Mancha con fusiles.

Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.

Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.

Primer Acto

Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.

El Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros del petróleo el diablo.

Sobre tu Capital, cada hora vuela
ojerosa y pintada, en carretela;
y en tu provincia, del reloj en vela
que rondan los palomos colipavos,
las campanadas caen como centavos.

Patria: tu mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio.

Suave Patria: tu casa todavía
es tan grande, que el tren va por la vía
como aguinaldo de juguetería.

Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.

¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
no miró, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los juegos de artificio?

Suave Patria: en tu tórrido festín
luces policromías de delfín,
y con tu pelo rubio se desposa
el alma, equilibrista chuparrosa,
y a tus dos trenzas de tabaco sabe
ofrendar aguamiel toda mi briosa
raza de bailadores de jarabe.

Tu barro suena a plata, y en tu puño
su sonora miseria es alcancía;
y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos se vacía
el santo olor de la panadería.

Cuando nacemos, nos regalas notas,
después, un paraíso de compotas,
y luego te regalas toda entera
suave Patria, alacena y pajarera.

Al triste y al feliz dices que sí,
que en tu lengua de amor prueben de ti
la picadura del ajonjolí.

¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
de deleites frenéticos nos llena!

Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas,
oigo lo que se fue, lo que aún no toco
y la hora actual con su vientre de coco.
Y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.

Intermedio

(Cuauhtémoc)

Joven abuelo: escúchame loarte,
único héroe a la altura del arte.

Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.

No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio;
tu cabeza desnuda se nos queda,
hemisféricamente de moneda.

Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera , al azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como del pecho de una codorniz.

Segundo Acto

Suave Patria: tú vales por el río
de las virtudes de tu mujerío.
Tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol,
vestidas con las redes de tu sol,
cruzan como botellas alambradas.

Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito;
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.

Inaccesible al deshonor, floreces;
creeré en ti, mientras una mejicana
en su tápalo lleve los dobleces
de la tienda, a las seis de la mañana,
y al estrenar su lujo, quede lleno
el país, del aroma del estreno.

Como la sota moza, Patria mía,
en piso de metal, vives al día,
de milagros, como la lotería.

Tu imagen, el Palacio Nacional,
con tu misma grandeza y con tu igual
estatura de niño y de dedal.

Te dará, frente al hambre y al obús,
un higo San Felipe de Jesús.

Suave Patria, vendedora de chía:
quiero raptarte en la cuaresma opaca,
sobre un garañón, y con matraca,
y entre los tiros de la policía.

Tus entrañas no niegan un asilo
para el ave que el párvulo sepulta
en una caja de carretes de hilo,
y nuestra juventud, llorando, oculta
dentro de ti el cadáver hecho poma
de aves que hablan nuestro mismo idioma.

Si me ahogo en tus julios, a mí baja
desde el vergel de tu peinado denso
frescura de rebozo y de tinaja,
y si tirito, dejas que me arrope
en tu respiración azul de incienso
y en tus carnosos labios de rompope.

Por tu balcón de palmas bendecidas
el Domingo de Ramos, yo desfilo
lleno de sombra, porque tú trepidas.

Quieren morir tu ánima y tu estilo,
cual muriéndose van las cantadoras
que en las ferias, con el bravío pecho
empitonando la camisa, han hecho
la lujuria y el ritmo de las horas.

Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el AVE
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, Patria suave.

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
sedienta voz, la trigarante faja
en tus pechugas al vapor; y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
la carretera alegórica de paja.


domingo, 18 de enero de 2009

Juan de Dios Peza: Fusiles y muñecas

Hay quienes recuerdan su infancia con alegría, llena de bellos recuerdos, así como hay otros a quienes la vida les ha sido menos pródiga, como los niños de la calle y los niños abandonados en algún orfanatorio así como los que perdieron ambos padres a temprana edad. Para bien o para mal, la infancia es una etapa que muy pronto superamos en nuestra prisa por convertirnos en adultos, en nuestra prisa por ser autosuficientes e independientes. En cualquier caso, una vez que hemos dejado de ser niños, perdemos para siempre aquella inocencia de la cual el mismo Jesús les dijo a sus Apóstoles y a sus discípulos que todos aquellos ansiosos por entrar al Reino de los Cielos tenían que aprender a ser otra vez como niños, ya que aquellos incapaces de poder ser nuevamente como niños no entrarían en el Reino de los Cielos.

Un poeta mexicano que captó muy bien la diferencia entre el mágico mundo de la infancia y la cruel realidad del mundo de los adultos es Juan de Dios Peza, con su poema inmortal Fusiles y muñecas con el cual expresa quizá mejor que nadie su tristeza por la diferencia entre ambos mundos.








Fusiles y muñecas
Juan de Dios Peza


Juan y Margot, dos ángeles hermanos
que embellecen mi hogar con sus cariños,
se entretienen con juegos tan humanos
que parecen personas desde niños.

Mientras Juan, de tres años, es soldado
y monta en una caña endeble y hueca,
besa Margot con labios de granado
los labios de cartón de su muñeca.

Lucen los dos sus inocentes galas,
y alegres sueñan en tan dulces lazos,
él, que cruza sereno entre las balas;
ella, que arrulla un niño entre sus brazos.

Puesto al hombro el fusil de hoja de lata,
el quepis de papel sobre la frente,
alienta el niño en su inocencia grata
el orgullo viril de ser valiente.

Quizá piensa, en sus juegos infantiles
que en este mundo su afán recrea,
son como el suyo todos los fusiles
con que torpe la humanidad pelea.

Que pesan poco, que sin odios lucen,
que es igual el más débil al más fuerte,
y que, si se disparan, no producen
humo, fuego, consternación y muerte.

¡Oh, misteriosa condición humana!
Siempre lo opuesto buscas en la tierra;
ya delira Margot por ser anciana,
y Juan, que vive en paz, ama la guerra.

Mirándoles pasar me aflijo y callo:
¿Cuál será sobre el mundo su fortuna?
Sueña el niño con armas y caballo,
la niña con velar junto a la cuna.

El uno corre de entusiasmo ciego,
la niña arrulla a su muñeca inerme,
y mientras grita el uno: fuego, fuego,
la otra murmura triste: duerme, duerme.

A mi lado y ante juegos tan extraños,
Concha, la primogénita, me mira:
¡Es toda una persona de seis años
que charla, que comenta y que suspira!

¿Por qué inclina su lánguida cabeza
mientras deshoja inquieta algunas flores?
¿Será la que ha heredado mi tristeza?
¿Será la que comprende mis dolores?

Cuando me rindo del dolor al peso,
cuando la negra duda me avasalla,
se me cuelga al cuello, me da un beso,
se le saltan las lágrimas y calla.

Sueltas sus trenzas claras y sedosas,
y oprimiendo mi mano entre sus manos,
parece que medita muchas cosas
al mirar cómo juegan sus hermanos.

Margot, que canta en madre transformada,
y arrulla un niño que jamás se queja,
ni tiene que llorar desconsolada,
ni el niño crece, ni se vuelve vieja.

Y este guerrero audaz de tres abriles,
que ya se finge apuesto caballero,
no logra en sus campañas infantiles,
manchar con sangre y lágrimas su acero.

¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres!
Amo tus goces, gozo tus cariños;
¡Cómo han de ser los sueños de los hombres,
más dulces que los sueños de los niños!

¡Oh, mis hijos! No quiera la fortuna
turbar jamás vuestra inocente calma.
No dejéis esa espada ni esa cuna,
¡Cuándo son de verdad, matan el alma!