domingo, 31 de octubre de 2010

García Lorca: La casada infiel

El buen poeta sabe la forma en la cual, sin caer en la vulgaridad ni en las descripciones explícitas sobre las actividades que son las más íntimas a la naturaleza del hombre, se puede subliminar inclusive aquello que suele escandalizar a quienes se recubren de un muchas veces falso velo de pudor y que son incapaces de sacar nada bueno de entre todo aquello en lo que lo bueno se mezcla con lo malo.

Federico García Lorca fue un poeta, dramaturgo y prosista español nacido en 1898 en una provincia de Granada, adscrito al grupo conocido como la Generación del 27. Es considerado como el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX, y como dramaturgo también se le considera como una de las cimas del teatro español. A la edad de 39 años, cuando empezaba a dar lo mejor de sí para la literatura hispana, sin el beneficio de un juicio previo García Lorca fue asesinado por ser Republicano y por ser homosexual, lo cual era considerado por los Monarquistas de aquél entonces que simpatizaban con Francisco Franco como algo imperdonable para lo cual sólo había una pena: la muerte. De este extraordinario poeta, lo mejor que ha dado España al mundo y que posiblemente le hubiera dado a España un Premio Nóbel de no haber sido asesinado a sangre fría, se ignora el paradero de sus restos, porque sus ejecutores ni siquiera tuvieron la dignidad de entregarle el cuerpo a sus familiares y a sus deudos, enterrándolo en una fosa clandestina e ignorándose hasta la fecha el paradero de su cuerpo.

De su Romancero Gitano, García Lorca nos dejó un gran poema que ha resistido el paso del tiempo y que muestra el enorme talento que García Lorca poseía para poder subliminar hasta el desliz de la esposa infiel, un poema titulado precisamente “La Casada Infiel”; así como otro poema del mismo Romancero Gitano titulado “Romance de la pena negra”, los cuales volverán a cobrar vida ante el lector que busca encontrar la altura espiritual y la paz interior que suelen dar al alma la buena poesía.


La casada infiel
Federico García Lorca, 1928

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.

En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.

Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.

Yo me quite la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapan
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.

Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena,
yo me la llevé al río.
Con el aire se batían
las espaldas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río



Gitano mercader de Borrios
Fotógrafo: Rafael Garzón


Romance de la pena negra
Federico García Lorca, 1928

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
-Soledad, ¿Por quien preguntas
sin compañía y a estas horas?
-Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
-Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
-No me recuerdes el mar
que la pena negra brota
en las tierras de la aceituna
bajo el rumor de las hojas.
-¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
-¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache carne y roja.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de amapola!
-Soledad, lava tu cuerpo
con agua de alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
la nueva luz se corona.
¡Oh! pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh! pena de cauce oculto
y madrugada remota!

Miguel Ramos: El seminarista de los ojos negros

Miguel Ramos Carrión fue un extraordinario dramaturgo del Romanticismo, poeta y periodista, nacido en Zamora, España, en 1848, y fallecido en 1915.

Empezó a colaborar en el muy leído semanario El Museo Universal, y fundó el semanario satírico Las Disciplinas y sus chascarrillos, versos jocosos, cuentos humorísticos llenaron las páginas de Madrid Cómico, Blanco y Negro, El Moro Muza (de La Habana), El Fisgón, Jeremías, La Publicidad, La Libertad, etcétera.

Resulta extraordinario que pese a ser un dramaturgo cómico, pese a haberse especializado en comedias y zarzuelas, pese a su indudable ingenio humorístico, entre sus obras resalta un breve poema que resume la angustia del humano sobre cosas que tal vez pudieron haber sido pero que nunca llegaron a ser, yéndose en unos cuantos renglones hacia las profunidades del alma humana para extraer lo que merece ser plasmado para la reflexión obligada en esos momentos de soledad.




El Seminarista de los Ojos Negros
Miguel Ramos Carrión

Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla:  —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...


domingo, 8 de agosto de 2010

De mi propia cosecha

De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco, reza un viejo refrán popular cuya fama se le atribuye al pachuco Germán Valdés Tin Tan que lo popularizó en una cinta titulada Músico, poeta y loco acompañado de su carnal Marcelo (no fue su hermano, fue simplemente su carnal, un buen carnal).

Bueno, aunque no me siento con méritos propios como para ocupar un lugar al lado de verdaderos gigantes de la poesía como Rubén Darío, Amado Nervo, García Lorca y otros titanes como ellos, tomé la decisión de subir aquí algo de mi propia cosecha que no ocupa gran espacio. No es que pueda ser la gran cosa, pero si no la pongo en algún lugar en donde lo pueda encontrar seguramente se me perderá entre los montones de libros y cuadernos y apuntes que tengo regados por todos lados en mi recámara, así que lo compartiré aquí con todos ustedes. (Si le sirve a alguien para recitárselo de memoria a su chica y termina casándose con ella, me gustaría mucho escuchar el relato.)


AMOR VERDADERO
Armando Martínez Téllez

El amor verdadero
no es una aventura,
es amor eterno
que siempre perdura.

Amor verdadero,
es amor por siempre,
es amar con celo,
es amor muy tierno.

Amor verdadero
no es el que aprisiona,
es puerta hacia el cielo,
con un compañero.

El amor sincero
nos ofrece un reino,
eso nos lo dijo
el gran Nazareno.

El amor que cura,
el amor consuelo,
es como un buen sueño
que no tiene dueño.

Amor verdadero,
es amor por siempre,
es amar con celo,
es amor muy tierno.



sábado, 31 de enero de 2009

Manuel Acuña: Nocturno a Rosario

De Manuel Acuña ya apunté en la entrada correspondiente al 15 de enero de 2009 de esta bitácora un poema suyo titulado “Ante un cadáver”. Aquí hablaré sobre el último poema que escribió en vida, el cual fue publicado póstumamente.

En otros tiempos en los que no existían ni los videojuegos ni Internet ni los teléfonos celulares ni los chats por computadora ni las cámaras digitales ni los reproductores mp3 e inclusive ni siquiera la televisión y el radio, en la época romántica del México romántico del ayer en la que los intelectuales y los bohemios tenían mucho más tiempo en su soledad para la reflexión y la meditación, no era inusual que algún enamorado llegara a cometer una locura por causa de un amor no correspondido, y uno de los casos más sonados es el de Manuel Acuña, el cual habiéndose enamorado perdidamente de una mujer que terminó casándose con otro hombre y dándose cuenta de que su ilusión de amor jamás sería correspondida, terminó quitándose su propia vida, más no sin antes dejar testimonio de su quebranto en uno de los poemas más famosos de la literatura hispana. Este suicidio tal vez no sea comprendido en toda su extensión en los tiempos de hoy en los que cuando un hombre se quita su vida a causa de una mujer lo hace porque la encuentra acostada con su mejor amigo o porque simplemente ya no la aguanta, aunque a decir verdad en los tiempos de hoy ya casi nadie está dispuesto a suicidarse por una mujer por la razón que sea.

Hoy sabemos el nombre completo de la mujer a quien Manuel Acuña le dedicó la última obra de su vida. Se llamaba Rosario de la Peña. Y hoy ella estaría totalmente olvidada, de no ser por el hombre que la inmortalizó para la posteridad con una fuerza más grande que todo el dinero del mundo: el poder de su pluma creadora.





Nocturno a Rosario
Manuel Acuña

I

¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.

II

Yo quiero que tu sepas
que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido
de tanto no dormir;
que ya se han muerto todas
las esperanzas mías,
que están mis noches negras,
tan negras y sombrías,
que ya no sé ni dónde
se alzaba el porvenir.

III

De noche, cuando pongo
mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero
mi espíritu volver,
camino mucho, mucho,
y al fin de la jornada
las formas de mi madre
se pierden en la nada
y tú de nuevo vuelves
en mi alma a aparecer.

IV

Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.

V

A veces pienso en darte
mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos
y hundirte en mi pasión
mas si es en vano todo
y el alma no te olvida,
¿Qué quieres tú que yo haga,
pedazo de mi vida?
¿Qué quieres tu que yo haga
con este corazón?

VI

Y luego que ya estaba
concluído tu santuario,
tu lámpara encendida,
tu velo en el altar;
el sol de la mañana
detrás del campanario,
chispeando las antorchas,
humeando el incensario,
y abierta alla a lo lejos
la puerta del hogar...

VII

¡Qué hermoso hubiera sido
vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!

VIII

¡Figúrate qué hermosas
las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje
por una tierra así!
Y yo soñaba en eso,
mi santa prometida;
y al delirar en ello
con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno
por tí, no mas por ti.

¡Bien sabe Dios que ese era
mi mas hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza,
mi dicha y mi placer;
bien sabe Dios que en nada
cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho
bajo el hogar risueño
que me envolvió en sus besos
cuando me vio nacer!

IX

Esa era mi esperanza...
mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo
que existe entre los dos,
¡Adiós por la vez última,
amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!

viernes, 30 de enero de 2009

Calderón de la Barca: La vida es sueño

La vida es sueño es una obra teatral de Pedro Calderón de la Barca, uno de los poetas españoles del bien llamado Siglo de Oro, en donde el tema central es la libertad frente al destino, y en donde el personaje principal es Segismundo, al que se le describe como un alma reprimida, muy reflexivo, alterado por una larga reclusión. A lo largo de la obra Segismundo va evolucionando: al principio busca la venganza, comportándose en forma cruel y despiadada, pero luego aparecen en él algunos rasgos de humanidad. En esta obra de teatro hay una joya que bien vale la pena la obra entera, es un poema en el cual Segismundo reflexiona sobre lo que es el tema principal de la obra, el cual aparece en la escena XIX correspondiente a la Tercera Jornada de la obra:





La vida es sueño
Pedro Calderón de la Barca

Es verdad, pues: reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe
y en cenizas le convierte
la muerte (¡desdicha fuerte!):
¡que hay quien intente reinar
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte!

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí,
destas prisiones cargado;
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.


La reflexión poética de que la vida es sueño sería tomada nuevamente en otro idioma por otro extraordinario poeta, Edgar Allan Poe, en sus versos titulados A Dream Within a Dream que significa “Un Sueño Dentro de un Sueño” que reproduzco a continuación en su idioma original con la finalidad de que no se destruya la hermosa rima construída por el gran maestro de la literatura inglesa:


A dream within a dream
Edgar Allan Poe

Take this kiss upon the brow!
And, in parting from you now,
Thus much let me avow-
You are not wrong, who deem
That my days have been a dream;
Yet if hope has flown away
In a night, or in a day,
In a vision, or in none,
Is it therefore the less gone?
All that we see or seem
Is but a dream within a dream.

I stand amid the roar
Of a surf-tormented shore,
And I hold within my hand
Grains of the golden sand-
How few! yet how they creep
Through my fingers to the deep,
While I weep- while I weep!
O God! can I not grasp
Them with a tighter clasp?
O God! can I not save
One from the pitiless wave?
Is all that we see or seem
But a dream within a dream?

jueves, 29 de enero de 2009

Amado Nervo: En paz

Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo, mejor conocido como Amado Nervo, nació en Tepic, Nayarit, el 27 de agosto de 1870, y su vida estuvo marcada por la tragedia. Su padre murió en 1879 cuando apenas tenía nueve años de edad, tras lo cual posteriormente se suicidó su hermano Luis, desapareciendo de su vida su gran amor Ana Cecilia en 1912. En 1894 fundó una revista de renovación artística, “Revista azul”, junto a Manuel Gutiérrez Nájera, y en 1896 apareció su primera obra, “El bachiller”, con rasgos naturalistas. En 1898 echó a andar la “Revista moderna”, en colaboración con Jesús Valenzuela, y el mismo año dió a conocer al mundo “Perlas negras” y “Místicas”, considerados poemas modernistas. Este último estilo se refuerza con el contacto con Rubén Darío y Leopoldo Lugones, con quienes inicia una estrecha vinculación, durante su viaje a París, realizado como corresponsal del diario “El Mundo”, a la Exposición Universal. En esa época publicó un libro de poesías: “El éxodo y las flores del camino” (1902), y allí conoció a quien sería la musa de los poemas contenidos en “La amada inmóvil”, publicados en 1922 luego de su muerte, Ana Cecilia Luisa Daillez. Ingresó en 1905 al mundo diplomático como Secretario de la Embajada de México en Madrid, suspendiéndose su carrera diplomática entre 1914 y 1918, a causa de la Revolución Mexicana, para retomarla en ese último año como Ministro Plenipotenciario en Argentina y Uruguay, cargo que ocupó hasta su muerte acaecida en Montevideo el 24 de mayo de 1919. Posteriormente, sus restos fueron trasladados a México en donde descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Su poema breve “En paz” es un agradecimiento a la vida pese a los golpes recibidos.





En paz
Amado Nervo

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

miércoles, 28 de enero de 2009

Ignacio Ramírez: Por los Gregorianos muertos

No todos los poetas son espiritualistas. Los hay algunos que son materialistas y ateos, y no por ello dejan de ser poetas extraordinarios. Entre ellos podemos citar a uno de los liberales más destacados de la época en la que se promulgaron las Leyes de Reforma, Ignacio Ramírez, conocido como “El Nigromante”. Y aunque la palabra “nigromancia” significa la adivinación mediante la consulta a los muertos y a sus espíritus o cadáveres, como una de las artes de la magia negra, que se dedica al estudio de la muerte que se centra sobre el control de los muertos, Ignacio Ramírez como el materialista ateo que era estaba completamente alejado de ser tal cosa como su apodo erróneamente lo indica. Uno de sus más célebres contemporáneos, Ignacio Manuel Altamirano nos lo describe como un hombre con temperamento altivo, orgulloso e irónico; con ideas materialistas a ultranza; su fervor por sus correligionarios caídos y su odio contra sus enemigos políticos; su desdeñosa superioridad intelectual; el prestigio y ascendiente de que disfrutaba en su medio, y el haberse enamorado —viudo, pobre y viejo— de una musa demasiado solicitada, todo este conjunto de circunstancias, favorables y desfavorables, que se manifiesta en la pluralidad de sus escritos. Lo más eximio de su producción es clásico, pero en esa contextura hace sonar la nota romántica. Se le retrata como un hombre presto a la efusión y a estampar en la letra sus sentimientos. Por eso, quizás, lo retraten con mayor nitidez los poemas breves en los que dejó sus alegrías y sus penas, sus esperanzas, sus amores. El poema, entonces, le sirvió como vehículo para desnudarse y confesarse, para entregarnos el reflejo de su propio drama. Uno de sus poemas más famosos es el que se titula “Por los Gregorianos muertos” dado en ocasión del banquete fraternal de la Sociedad Gregoriana en 1872, poema cuyas últimas estrofas encierran el pensamiento completo de Ignacio Ramírez.





Por los Gregorianos muertos
Ignacio Ramírez

Cesen las risas y comience el llanto.
Esta mesa en sepulcro se convierte.
¡Vivos y muertos, escuchad mi canto!

Mientras que vinos espumosos vierte
nuestra antigua amistad, en este día,
y con alegres brindis se divierte;

y en raudales se escapa la armonía;
y la insaciable gula se despierta;
y va de flor en flor la poesía;

y el júbilo de todos se concierta
en una sola exclamación: ¡gocemos!,
y gozamos... La muerte está a la puerta.

Rechazar unas sombras, ¿no las vemos?
¡Ellas nos tienden suplicantes manos!
Ese acento, esos rostros conocemos.

¿No los oís?, ¡se llaman gregorianos!
Permíteles entrar, ¡oh muerte adusta!
He aquí su asiento... Son nuestros hermanos.

Pudo del mundo la sentencia injusta
proscribirlos, mas no de mi memoria:
Conversar con los muertos no me asusta.

Algunos de ellos viven en la historia;
otros, en florecer ocultamente
cifraron su placer, su orgullo y gloria.

Villalba asoma su tranquila frente
y el fraternal abrazo me reclama...
Y yo no puedo declararlo ausente.

¡Ay! en Fonseca ved cómo se inflama
el paternal cariño, no olvidado,
y, por nosotros, lágrimas derrama.

¿Será de nuestro seno arrebatado
Domínguez, que constante nos traía
un fiel amor y un nombre venerado?

¿No guarda nuestro oído todavía
los brindis que en el último banquete
pronuncian Soto, Iglesias y García?

Pero ¿será la Parca quien respete
los votos del dolor? ¡Empeño vano!
¡Turba de espectros, a tus antros vete!

¡Separóse el hermano del hermano!
Para sentaros a la mesa es tarde,
¡para irnos con vosotros es temprano!

Para vosotros, ¡infelices!, no arde
ya un solo leño en el hogar; ni miro
cuál copa vuestros ósculos aguarde.

¡Sólo va tras vosotros un suspiro!
Idos en paz; y quiera la fortuna
no cerrar a la luz vuestro retiro.

Odio el sepulcro, convertido en cuna
de vil insecto o sierpe venenosa
donde jamás se asoman sol ni luna.

Arraigue en vuestros huesos una rosa
donde aspire perfumes el rocío
y reine la pintada mariposa.

Escuchad sin temor el rayo impío;
y sonreíd al contemplar cercano,
vida esparciendo, un caudaloso río.

¡Para irnos con vosotros es temprano!
Aguarde, por lo menos, la Impaciente
que la copa se escape de la mano.

Más que a vosotros ¡ay! rápidamente
¿por qué de la existencia nos desnuda?
A éste despoja la adornada frente;

al otro dobla con su mano ruda;
a unos envuelve en amarillo velo;
y algunos sienten una garra aguda

en las entrañas, y en las venas hielo.
¡Ay! otra vez vendrá la primavera
y hallará en nuestro hogar el llanto, el duelo;

y este festín veremos desde afuera.
Tal vez alguno a despedirse vino.
Turba de espectros, al que parte, espera.

¿Sabéis cuál es el puerto, del camino
que llevamos? La tumba. Ya naufraga
nuestra nave; en astillas cae el pino;

quién en las aguas moribundo vaga;
quién a la débil tabla se confía,
y el que a la jarcia se subió, no apaga

la luz de la esperanza todavía,
y conviertan sus golpes viento y olas,
y el cielo inexorable un rayo envía.

Sube el fuego a bajar las banderolas,
y el ave de rapiña, el triste caso,
y las fieras del mar lo saben solas.

¿Qué es nuestra vida sino tosco vaso
cuyo precio es el precio del deseo
que en él guardan natura y el acaso.

Si derramado por la edad le veo,
sólo en las manos de la sabia tierra
recibirá otra forma y otro empleo.

Cárcel es y no vida la que encierra
privaciones, lamentos y dolores.
Ido el placer, la muerte ¿a quién aterra?

Madre naturaleza, ya no hay flores
por do mi paso vacilante avanza.
Nací sin esperanza ni temores:
Vuelvo a ti sin temores ni esperanza.