jueves, 4 de noviembre de 2010

Rubén C. Navarro: El Cristo de mi cabecera

No hay nada más duro que aquellas pruebas que hacen que en ciertos momentos de la vida los hombres pierdan la fé. Algunos tal vez la vuelvan a recuperar tiempo después, quizá cuando hayan pasado muchos años, mientras que para otros ya no habrá más esperanza en su futuro. Este es el retrato que nos describe el poeta, escritor y político mexicano Rubén C. Navarro, nacido en Michoacán en 1894, en su poema titulado “El cristo de mi cabecera”, de profundidad tan dramática que le mereció una película precisamente con ese mismo título filmada en el año de 1950 como parte de la Edad de Oro del Cine Mexicano en el pueblo de Tangancícuaro bajo la dirección de Ernesto Cortazar.





El Cristo de mi cabecera
Rubén C. Navarro

Cuando estaba solo... solo en mi cabaña,
que construí a la vera de la audaz montaña,
cuya cumbre, ha siglos engendró el anhelo
de romper las nubes... y tocar el cielo;
cuando sollozaba con el desconsuelo
de que mi Pastora - más que nunca huraña-
de mi Amor al grito nada respondía;
cuando muy enfermo de melancolía,
una voz interna siempre me decía
que me moriría
si su almita blanca para mí no fuera,
¡le rezaba al Cristo de mi cabecera,
porque me quisiera...!
¡porque me quisiera...!
....................................
Cuando nos unimos con eternos lazos
y la pobrecita me tendió sus brazos
y me dio sus besos y alentó mi Fe;
cuando en la capilla de la Virgen Pura
nos bendijo el Cura
y el encanto vino y el dolor se fue...;
cuando me decía,
loca de alegría,
que su vida toda para mí sería...
¡le rezaba al Cristo de mi cabecera,
porque prolongara nuestra Primavera...!
...¡Porque prolongara nuestra Primavera...!

Cuando sin amparo me dejó en la vida
y en el pobre lecho la miré tendida;
cuando até sus manos, que mostraban una
santa y apacible palidez de luna
y corté su hermosa cabellera bruna,
que en el fondo guardo de mi viejo arcón;
cuando, con el alma rota en mil pedazos,
delicadamente la tomé en mis brazos
para colocarla dentro del cajón;
cuando muy enfermo de melancolía,
una voz interna siempre me decía
que ya ¡nada! me consolaría,
¡le rezaba al Cristo de mi cabecera,
porque de mis duelos compasión tuviera...!
...¡porque de mis duelos compasión tuviera...!
..............................................
Hoy que vivo solo... solo, en mi cabaña,
que construí a la vera de la audaz montaña.
cuya cumbre ha siglos engendró el anhelo
de romper las nubes y besar el cielo;
hoy que por la fuerza del Dolor, vencido,
busco en mi silencio mi rincón de Olvido;
mustias ya las flores de mi Primavera;
triste la Esperanza y el Encanto ido;
rota la Quimera,
muerta la Ilusión...
...¡Ya no rezo al Cristo de mi cabecera...!
¡Ya no rezo al Cristo ... que jamás oyera
los desgarramientos de mi corazón...!

Vital Aza: La muñeca

Un poema que suele estremecer incluso a aquellos que no suelen manifestar muchas emociones es el siguiente poema que nos viene de Vital Aza, un escritor español del género cómico con una obra bastante extensa, aunque la profundidad de la tristeza de su poema que vamos a leer no tiene absolutamente nada de humorístico, y por el contrario, puede sacudir varias conciencias quienes no se han percatado bien de todas las cosas que pasan a su alrededor, que no se han percatado que hay muchos desamparados que por esas cosas de la vida carecen de todo lo que otros hemos recibido con abundancia:



La muñeca
Vital Aza

En una noche de invierno
Una niña pordiosera
Con los pies casi desnudos
Y las manecitas yertas,
Cubriendo a modo de manto
Con su falda la cabeza,
Y sin temor a la lluvia
Que cada vez más arrecia,
Contempla extasiada y triste
El interior de una tienda,
Que por su gusto en juguetes
Es de todas la primera.

¿Qué haces ahí? Le pregunta con voz desabrida y seca un dependiente,
empujando a la niña hacia la acera,
déjeme usted, es que estaba mirando esa muñeca.
Ah, ya, retírate pronto Y deja libre la puerta.
¿Dígame usted... ¿cuesta mucho?
¿Quieres marcharte chicuela?
Será muy cara, ¿verdad?
¡Lo que es que si yo pudiera! Los demonios con la chica
Pues no puede comprarla ella.
¡Lárgate a pedir limosna!
La muñeca que te gusta cuesta un duro, conque fuera!
Marchóse la pobrecita
Ocultando su tristeza.
En vano pide limosna,
Ninguno escucha sus quejas
Y desfallecida y triste,
Cruza calles y plazuelas
Recordando en su amargura
La tentadora muñeca.

Caballero, una limosna
A esta pobrecita huérfana,
¡Quítate que voy de prisa!
¡Por Dios, señor, aunque sea un céntimo tengo hambre...
¡Pobre niña! ¡Me das pena! ¡Toma!
pero señor, si es un duro!
no le hace, te lo doy para que tengas
esta noche buena cama y buena cena!
deje usted que le bese la mano!
quita chicuela,
un duro, estoy contenta, ¡No Será falso! ¿Verdad?
¿Cómo muchacha, tú piensas?
No señor, dispense usted!
Pero, vamos, la sorpresa...
¡Si me vuelvo loca de alegría!
Que dios le premie en el mundo
Y le dé la gloria eterna

Y apretando entre sus manos
Convulsiva la moneda,
Corrió por las calles abajo
Veloz como una saeta.
Otro día se comentaba en la prensa
El hecho de haber hallado
En el quicio de una puerta,
El cadáver de una niña
Abrazada a una muñeca.


Hnos. Álvarez Quintero: Era un jardín sonriente

 En raras ocasiones, una buena obra o una buena composición suele ser el fruto no de una sola persona sino de dos, y esto incluye también a la poesía. Dos hermanos inseperables, los cuales destacaron en España como comediógrafos, fueron los hermanos Álvarez Quintero, Joaquín y Serafín; sus obras han sido traducidas a todos los idiomas y sus autores gozaron en vida de innumerables homenajes. Los restos de ambos reposan hoy en el cementerio de San Justo de Madrid. Aunque menos conocidos por sus obras poéticas, de ellos nos viene el siguiente poema repleto de metáforas propias de la vida misma:




Era un jardín sonriente
Joaquín y Serafín Álvarez Quintero

Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente
de cristal;
era, a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero
del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro
para él.
A la orilla de la fuente
un caballero pasó,
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba así, plañidero,
receloso de su mal:
-Rosa la más delicada
que por mi amor cultivaba
nunca fue;
rosa la más encendida
la más fragante y pulida
que cuidé;
blanca estrella que del cielo,
curiosa de ver el suelo,
resbaló;
a la que una mariposa
de mancharla temerosa
no llegó
¿Quién te quiere? ¿Quién te llama
por tu bien o por tu mal?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?
¿Tú no sabes que es grosero
el mundo? ¿Qué es traicionero
el amor?
¿Qué no se aprecia en la vida
la pura miel escondida
en la flor?
¿Bajo que cielo caíste?
¿a quién tu tesoro diste
virginal?
¿En que manos te deshojas?
¿Qué aliento quema tus hojas
infernal?
¿Quién te cuida con esmero
como el viejo jardinero
te cuidó?
¿Quién por ti sola suspira?
¿Quién te quiere? ¿Quién te mira
como yo?
¿Quién te miente que te ama
con fe y con ternura igual?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?
¿Por qué te fuiste tan pura
de otra vida a la ventura
o al dolor?
¿Qué faltaba a tu recreo?
¿Qué a tu inocente deseo,
soñador?
En la fuente limpia y clara,
espejo que te copiara
¿no te di?
Los pájaros escondidos,
¿no cantaban en sus nido
para ti?
Cuando era el aire de fuego,
¿no refresqué con mi riego
tu calor?
¿No te dio mi trato amigo
en las heladas abrigo
protector?
Quién para sí te reclama,
¿te hará bien o te hará mal?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?
Así un día y otro día
entre espinas y entre flores,
el jardinero plañía,
imaginando dolores,
desde aquel en que a la fuente
un caballero llegó
y la rosa dulcemente
de su tallo separó…

Amado Nervo: La raza de bronce

En este año 2010 en el que México celebra el Bicentenario de su Independencia, así como el Centenario de la Revolución Mexicana de 1910, tal vez no haya nada mejor ni más apropiado que evocar un poema compuesto cien años atrás por Amado Nervo, poeta excelso de México que no necesita de introducción alguna, y el cual tiene por título “La Raza de Bronce”, poema que que fue dado a conocer por su autor en persona por vez primera ante la Cámara de Diputados en 1902 en un evento celebrado en memoria y honor de Don Benito Juárez, el Benemérito de las Américas, poema que bien podría ser adoptado hoy por otros pueblos de habla hispana del continente americano que se precian de su legado histórico y la esencia misma de su nacionalismo.




La raza de bronce
Amado Nervo, 1902

I
 
Señor, deja que diga la gloria de tu raza,
la gloria de los hombres de bronce, cuya maza
melló de tantos yelmos y escudos la osadía:
!oh caballeros tigres!, oh caballeros leones!,
!oh! caballeros águilas!, os traigo mis canciones;
!oh enorme raza muerta!, te traigo mi elegía.

II

Aquella tarde, en el Poniente augusto,
el crepúsculo audaz era en una pira
como de algún atrida o de algún justo;
llamarada de luz o de mentira
que incendiaba el espacio, y parecía
que el sol al estrellar sobre la cumbre
su mole vibradora de centellas,
se trocaba en mil átomos de lumbre,
y esos átomos eran las estrellas.
Yo estaba solo en la quietud divina
del Valle. ¿Solo? ¡No! La estatua fiera
del héroe Cuauhtémoc, la que culmina
disparando su dardo a la pradera,
bajo del palio de pompa vespertina
era mi hermana y mi custodio era.
Cuando vino la noche misteriosa
—jardín azul de margaritas de oro—
y calló todo ser y toda cosa,
cuatro sombras llegaron a mí en coro;
cuando vino la noche misteriosa
—jardín azul de margaritas de oro—.
Llevaban una túnica espledente,
y eran tan luminosamente bellas
sus carnes, y tan fúlgida su frente,
que prolongaban para mí el Poniente
y eclipsaban la luz de las estrellas.
Eran cuatro fantasmas, todos hechos
de firmeza, y los cuatro eran colosos
y fingían estatuas, y sus pechos
radiaban como bronces luminosos.
Y los cuatro entonaron almo coro...
Callaba todo ser y toda cosa;
y arriba era la noche misteriosa
jardín azul de margaritas de oro.

III

Ante aquella visión que asusta y pasma,
yo, como Hamlet, mi doliente hermano,
tuve valor e interrogué al fantasma;
mas mi espada temblaba entre mi mano.
—¿Quién sois vosotros, exclamé, que en presto
giro bajáis al Valle mexicano?
Tuve valor para decirles esto;
mas mi espada temblaba entre mi mano.
—¿Qué abismo os engendró? ¿De qué funesto
limbo surgís? ¿Sois seres, humo vano?
Tuve valor para decirles esto;
mas mi espada temblaba entre mi mano.
—Responded, continué. Miradme enhiesto
y altivo y burlador ante el arcano.
Tuve valor para decirles esto;
¡mas mi espada temblaba entre mi mano...!

IV

Y un espectro de aquéllos, con asombros
vi que vino hacia mí, lento y sin ira,
y llevaba una piel sobre los hombros
y en las pálidas manos una lira;
y me dijo con voces resonantes
y en una lengua rítmica que entonces
comprendí: —«¿Que quiénes somos? Los gigantes
de una raza magnífica de bronces.
»Yo me llamé Netzahualcóyotl y era
rey de Texcoco; tras de lid artera,
fui despojado de mi reino un día,
y en las selvas erré como alimaña,
y el barranco y la cueva y la montaña
me enseñaron su augusta poesía.
»Torné después a mi sitial de plumas,
y fui sabio y fui bueno; entre las brumas
del paganismo adiviné al Dios Santo;
le erigí una pirámide, y en ella,
siempre al fulgor de la primera estrella
y al son del huéhuetl, le elevé mi canto.»

V

Y otro espectro acercóse; en su derecha
levaba una macana, y una fina
saeta en su carcaje, de ónix hecha;
coronaban su testa plumas bellas,
y me dijo: —«Yo soy Ilhuicamina,
sagitario del éter, y mi flecha
traspasa el corazón de las estrellas.
»Yo hice grande la raza de los lagos,
yo llevé la conquista y los estragos
a vastas tierras de la patria andina,
y al tornar de mis bélicas porfías
traje pieles de tigre, pedrerías
y oro en polvo... ¡Yo soy Ilhuicamina!»

VI
Y otro espectro me dijo: —«En nuestros cielos
las águilas y yo fuimos gemelos:
¡Soy Cuauhtémoc!  Luchando sin desmayo
caí... ¡porque Dios quiso que cayera!
Mas caí como águila altanera:
viendo al sol, y apedreada por el rayo.
»El español martirizó mi planta
sin lograr arrancar de mi garganta
ni un grito, y cuando el rey mi compañero
temblaba entre las llamas del brasero:
—¿Estoy yo, por ventura, en un deleite?,
le dije, y continué, sañudo y fiero,
mirando hervir mis pies en el aceite...»

VII
Y el fantasma postrer llegó a mi lado:
no venía del fondo del pasado
como los otros; mas del bronce mismo
era su pecho, y en sus negros ojos
fulguraba, en vez de ímpetus y arrojos,
la tranquila frialdad del heroísmo.
Y parecióme que aquel hombre era
sereno como el cielo en primavera
y glacial como cima que acoraza
la nieve, y que su sino fue, en la Historia,
tender puentes de bronce entre la gloria
de la raza de ayer y nuestra raza.
Miróme con su límpida mirada,
y yo le vi sin preguntarle nada.
Todo estaba en su enorme frente escrito:
la hermosa obstinación de los castores,
la paciencia divina de las flores
y la heroica dureza del granito...
¡Eras tú, mi Señor; tú que soñando
estás en el panteón de San Fernando
bajo el dórico abrigo en que reposas;
eras tú, que en tu sueño peregrino,
ves marchar a la Patria en su camino
rimando risas y regando rosas!
Eras tú, y a tus pies cayendo al verte:
—Padre, te murmuré, quiero ser fuerte:
dame tu fe, tu obstinación extraña;
quiero ser como tú, firme y sereno;
quiero ser como tú, paciente y bueno;
quiero ser como tú, nieve y montaña.
Soy una chispa; ¡enséñame a ser lumbre!
Soy un gujarro; ¡enséñame a ser cumbre!
Soy una linfa: ¡enséñame a ser río!
Soy un harapo: ¡enséñame a ser gala!
Soy una pluma: ¡enséñame a ser ala,
y que Dios te bendiga, padre mío!.

VIII

Y hablaron tus labios, tus labios benditos,
y así respondieron a todos mis gritos,
a todas mis ansias: —«No hay nada pequeño,
ni el mar ni el guijarro, ni el sol ni la rosa,
con tal de que el sueño, visión misteriosa,
le preste sus nimbos, ¡y tu eres el sueño!
»Amar, ¡eso es todo!; querer, ¡todo es eso!
Los mundos brotaron el eco de un beso,
y un beso es el astro, y un beso es el rayo,
y un beso la tarde, y un beso la aurora,
y un beso los trinos del ave canora
que glosa las fiestas divinas de Mayo.
»Yo quise a la Patria por débil y mustia,
la Patria me quiso con toda su angustia,
y entonces nos dimos los dos un gran beso;
los besos de amores son siempre fecundos;
un beso de amores ha creado los mundos;
amar... ¡eso es todo!; querer... ¡todo es eso!»
Así me dijeron tus labios benditos,
así respondieron a todos mis gritos,
a todas mis ansias y eternos anhelos.
Después, los fantasmas volaron en coro,
y arriba los astros —poetas de oro—
pulsaban la lira de azur de los cielos.

IX

Mas al irte, Señor, hacia el ribazo
donde moran las sombras, un gran lazo
dejabas, que te unía con los tuyos,
un lazo entre la tierra y el arcano,
y ese lazo era otro indio: Altamirano;
bronce también, mas bronce con arrullos.
Nos le diste en herencia, y luego, Juárez,
te arropaste en las noches tutelares
con tus amigos pálidos; entonces,
comprendiendo lo eterno de tu ausencia,
repitieron mi labio y mi conciencia:
—Señor, alma de luz, cuerpo de bronce.
Soy una chispa; ¡enséñame a ser lumbre!
Soy un gujarro; ¡enséñame a ser cumbre!
Soy una linfa: ¡enséñame a ser río!
Soy un harapo: ¡enséñame a ser gala!
Soy una pluma: ¡enséñame a ser ala,
y que Dios te bendiga, padre mío!.
Tú escuchaste mi grito, sonreíste
y en la sombra infinita te perdiste
cantando con los otros almo coro.
Callaba todo ser y toda cosa;
y arriba era la noche misteriosa
jardín azul de margaritas de oro...

Asunción Silva: Los maderos de San Juan

Muchos recordarán, de cuando eran ninos en edad escolar, jugando a la hora del recreo en la escuela, haber entonado alguna vez aquella canción  “- Aserrin, aserrán, los maderos de San Juan. Piden pan, no les dan, piden queso....”. Aquellos inocentes versos – con seguridad más inocentes que muchos que hoy se entonan – eran comúnes en los juegos escolares de otras épocas no tan lejanas antes de la llegada de los discos DVD y el Internet.

Aserrín aserrán es una vieja canción popular española propia de la noche de San Juan (que se conmemora un día como hoy - en vísperas del 24 de junio) y que acompaña a un juego que se realiza entre niños y adultos mientras las hogueras son encendidas) y que acompaña un juego que se realiza con los niños pequeños. Esta vieja canción forma parte de una tradición española, pero en su forma más conocida en Latinoamérica, en su versión más popular, nos viene de la pluma de un gran poeta colombiano José Asunción Silva nacido en 1865, uno de los más importantes escritores de la primera generación de escritores modernistas. El poema en sí es una curiosa mezcla de poesía en dos métricas, el cual transmite la angustia velada que pueda sentir cualquier padre o cualquier abuelo cuando juega con sus niños pensando en lo qué será de ellos y en lo que les pueda deparar la vida, dándonos a entender la importancia de disfrutar el presente mientras haya un presente que se pueda apreciar y disfrutar en compañía de algún ser querido, porque el mañana nunca sabemos lo que nos traerá.
 
Los maderos de San Juan
José Asunción Silva

¡Aserrín!
¡Aserrán!
Los maderos de San Juan,
piden queso, piden pan,
los de Roque
alfandoque,
los de Rique
alfeñique
¡Los de triqui,
triqui, tran!

Y en las rodillas duras y firmes de la Abuela,
con movimiento rítmico se balancea el niño,
y ambos agitados y trémulos están;
la abuela le sonríe con maternal cariño,
mas cruza por su espíritu como un temor extraño,
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño,
los días ignorados del nieto guardarán.

Los maderos de San Juan
piden queso, piden pan.
¡Triqui, triqui,
triqui, tran!

Esas arrugas hondas recuerdan una historia
de sufrimientos largos y silenciosa angustia,
y sus cabellos, blancos, como la nieve, están.
De un gran dolor el sello marcó la frente mustia,
y son sus ojos turbios espejos que empañaron
los años, y que ha tiempos, las formas reflejaron
de cosas y seres que nunca volverán.

Los de Roque, alfandoque
¡Triqui, triqui, triqui, tran!

Mañana cuando duerma la Anciana, yerta y muda,
lejos del mundo vivo, bajo la oscura tierra,
donde otros, en la sombra, desde hace tiempo están,
del nieto a la memoria, con grave son que encierra
todo el poema triste de la remota infancia
cruzando por las sombras del tiempo y la distancia,
¡de aquella voz querida las notas vibrarán!

Los de Rique, alfeñique
¡Triqui, triqui, triqui, tran!

Y en tanto en las rodillas cansadas de la Abuela,
con movimiento rítmico se balancea el niño,
y ambos conmovidos y trémulos están;
la Abuela se sonríe con maternal cariño
mas cruza por su espíritu como un temor extraño,
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño,
los días ignorados del nieto guardarán.

¡Aserrín!
¡Aserrán!
Los maderos de San Juan,
piden queso, piden pan,
los de Roque
alfandoque,
los de Rique
alfeñique
¡Los de triqui,
triqui, tran!

domingo, 31 de octubre de 2010

García Lorca: La casada infiel

El buen poeta sabe la forma en la cual, sin caer en la vulgaridad ni en las descripciones explícitas sobre las actividades que son las más íntimas a la naturaleza del hombre, se puede subliminar inclusive aquello que suele escandalizar a quienes se recubren de un muchas veces falso velo de pudor y que son incapaces de sacar nada bueno de entre todo aquello en lo que lo bueno se mezcla con lo malo.

Federico García Lorca fue un poeta, dramaturgo y prosista español nacido en 1898 en una provincia de Granada, adscrito al grupo conocido como la Generación del 27. Es considerado como el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX, y como dramaturgo también se le considera como una de las cimas del teatro español. A la edad de 39 años, cuando empezaba a dar lo mejor de sí para la literatura hispana, sin el beneficio de un juicio previo García Lorca fue asesinado por ser Republicano y por ser homosexual, lo cual era considerado por los Monarquistas de aquél entonces que simpatizaban con Francisco Franco como algo imperdonable para lo cual sólo había una pena: la muerte. De este extraordinario poeta, lo mejor que ha dado España al mundo y que posiblemente le hubiera dado a España un Premio Nóbel de no haber sido asesinado a sangre fría, se ignora el paradero de sus restos, porque sus ejecutores ni siquiera tuvieron la dignidad de entregarle el cuerpo a sus familiares y a sus deudos, enterrándolo en una fosa clandestina e ignorándose hasta la fecha el paradero de su cuerpo.

De su Romancero Gitano, García Lorca nos dejó un gran poema que ha resistido el paso del tiempo y que muestra el enorme talento que García Lorca poseía para poder subliminar hasta el desliz de la esposa infiel, un poema titulado precisamente “La Casada Infiel”; así como otro poema del mismo Romancero Gitano titulado “Romance de la pena negra”, los cuales volverán a cobrar vida ante el lector que busca encontrar la altura espiritual y la paz interior que suelen dar al alma la buena poesía.


La casada infiel
Federico García Lorca, 1928

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.

En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.

Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.

Yo me quite la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapan
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.

Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena,
yo me la llevé al río.
Con el aire se batían
las espaldas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río



Gitano mercader de Borrios
Fotógrafo: Rafael Garzón


Romance de la pena negra
Federico García Lorca, 1928

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
-Soledad, ¿Por quien preguntas
sin compañía y a estas horas?
-Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
-Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
-No me recuerdes el mar
que la pena negra brota
en las tierras de la aceituna
bajo el rumor de las hojas.
-¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
-¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache carne y roja.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de amapola!
-Soledad, lava tu cuerpo
con agua de alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
la nueva luz se corona.
¡Oh! pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh! pena de cauce oculto
y madrugada remota!

Miguel Ramos: El seminarista de los ojos negros

Miguel Ramos Carrión fue un extraordinario dramaturgo del Romanticismo, poeta y periodista, nacido en Zamora, España, en 1848, y fallecido en 1915.

Empezó a colaborar en el muy leído semanario El Museo Universal, y fundó el semanario satírico Las Disciplinas y sus chascarrillos, versos jocosos, cuentos humorísticos llenaron las páginas de Madrid Cómico, Blanco y Negro, El Moro Muza (de La Habana), El Fisgón, Jeremías, La Publicidad, La Libertad, etcétera.

Resulta extraordinario que pese a ser un dramaturgo cómico, pese a haberse especializado en comedias y zarzuelas, pese a su indudable ingenio humorístico, entre sus obras resalta un breve poema que resume la angustia del humano sobre cosas que tal vez pudieron haber sido pero que nunca llegaron a ser, yéndose en unos cuantos renglones hacia las profunidades del alma humana para extraer lo que merece ser plasmado para la reflexión obligada en esos momentos de soledad.




El Seminarista de los Ojos Negros
Miguel Ramos Carrión

Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla:  —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...